El señorito Vidal Folch y los chulos madrileños
Ángela
24-8-2024
Nada, que no puede faltar este verano el insulto diario a los madrileños, venga de donde venga. Hasta hace poco, a los que había que tocar las narices era a los murcianos, ahora les toca a los madrileños.
La semana pasada era el bar de Mera el que hablaba de los “tontos mesetarios”, hoy le toca al señorito Ignacio Vidal-Folch que en el artículo El chulo madrileño goza de buena salud en The Objective, se permite el lujo de insultar a “los chulos madrileños”. Para insultarlos, pone un ejemplo de turistas que, según él, sólo pueden ser madrileños. Tres parejas maduras que llegan a un restaurante y reclaman una mesa (que habían reservado con antelación, por cierto), y cuando el camarero les dice que tienen que esperar un momento, estos “paletos con ínfulas”, ocupan la mesa que quedaba libre y los tipos se sentaron “con las piernas bien separadas para que reposasen bien cómodos sus cojones” (licencia literaria que se permite porque le parece muy graciosa, ¿los tres “espatarraos”?, ni que fueran trillizos) Sigue con la descripción del suceso: “Y a partir de ahí todo fue desdén para el servicio, palmadas para reclamar más prontitud, cerveza y vino, pescado fresco y risotadas con las tres fulanas, encantadas de tener unos machotes que saben imponerse para defender sus derechos, porque ellas lo valen.
Las tres “fulanas” se supone que eran las mujeres de los de los cojones.
Esto de las fulanas me ha recordado una situación incómoda con un antiguo conocido, un tipo con dinero, muy progre él, tanto como sólo pueden serlo los tipos con dinero. Vivía con su mujer y su hija en una finca no muy lejos de Madrid y fuimos a saludarlos, por dar un paseo, mi hermana y mi joven sobrina. Eran muy acogedores, tanto que al cabo de un rato, cuando dijimos de marcharnos, insistían, sobre todo él, en que nos quedáramos a comer. “No puede ser, nos están esperando en casa”. Al ver que no había manera, el tipo, repentinamente suelta: “Todas las mujeres sois unas putas”. Nos quedamos atónitas. Yo, señalándole con el dedo le dije: “Algún día vas a tener un problema”. En realidad, quería decirle: ¿Incluida tu madre, no? Porque el infame adoraba a su madre. Pero estaba mi sobrina y no quería ponerla en una mala situación. Esa fue la última vez que nos vimos. Su mujer me llamaba preguntando por qué no iba o no los llamaba. Le dije que no quería ver a su marido, que a mí no me llama puta ni él ni nadie. Ella decía: “Pero si no pasa nada, a mí y a mi hija también nos llama putas”. “Allá tú si se lo consientes”, respondí, y hasta ahora.
Ya ves, Ignacio, lo que son las asociaciones de ideas. El tipo nos llamó putas a todas las mujeres; en tu descargo, tengo que decir que tú solamente a tres.
El artículo está lleno de lugares comunes: El madrileño chulo que antes veraneaba en el Mediterráneo y, ahora, con “el cambio climático” se va a lugares más frescos. Hasta ahora nunca había veranos en “la meseta” con temperaturas de 35 o 38 grados. Eso es nuevo. Estas temperaturas las ha traído el cambio climático. O sea, que la culpa de que los hosteleros de Asturias sufran el desprecio de los madrileños la tiene, en realidad, el cambio climático; antes vivían tan a gusto sin apenas clientes en sus restaurantes.
Otro lugar común: el catalán es mucho más comedido: “El supremacista catalán rezongará por lo bajinis, pondrá morritos, sonreirá conejil y sarcásticamente, se quejará lastimero, y al salir hará, cuidando de no ser oído, algún comentario xenófobo en su lengua vernácula” .
Pues no, no es muy comedido el catalán, cobardón sí.
Como a partir de una escena con tres parejas como protagonistas te permites insultar a los madrileños (no a todos, dice para disimular), te voy a contar otra anécdota, en este caso con otras tres parejas de paletos barceloneses como protagonistas.
La escena es de hace bastantes años. Paramos en un restaurante de la carretera de Barcelona, ya en la provincia de Guadalajara, y nos sentamos a tomar un café cuando entra un grupo de seis jóvenes. En la barra piden “pan tumaca”. El hombre les dice que no tiene. ¿No tiene? ¿Cómo es posible? Pues no tengo. El grupo estaba conmocionado. Los chicos más discretos, las chicas casi gritando “no puede ser”. El colmo fue cuando el hombre les dijo que ni sabía qué era eso. ¿No sabe lo que es? Las risotadas se oían en todo el bar, sin más clientes que nosotros y los paletos catalanes. Las chicas se reían al tiempo que, hablando entre ellas en catalán, se decían lo primitiva que era la gente fuera de Cataluña. ¡No conocían el pan tumaca! (por cierto, ellas tampoco sabían que su enseña nacional, el pan tumaca, es murciano). Una de ellas, la más atrevida, le pide un tomate para hacérselo ella misma. El tipo, serio como él sólo, le dice que no tiene. ¿Pero esto qué es? En Barcelona hay tomates en todos los sitios. ¿Cómo se puede vivir sin tomates? Un escándalo. Total, que se toman un café y se marchan malhumorados por la falta de pan tumaca y entre risotadas y comentarios por la falta de cultura de los paletos españoles. Los madrileños pedimos pinchos de tortilla en todos los sitios y los catalanes pan tumaca. Pero los paletos somos nosotros y los catalanes cosmopolitas.
Según salen, el hombre se dirige hacia nosotros desde la barra y dice: “No me sale de los cojones darles tomates. Que vayan a reírse de su puta madre”. Los de Guadalajara también son “mesetarios”.
Otro lugar común es la de los “portugueses civilizados” porque hablan bajito (si eso es civilización, las mujeres afganas deben estar en el nivel más alto de civilización porque los talibanes les han prohibido hablar o hacer algún sonido en lugares públicos) y que están “hartos de la prepotencia del turista cateto castellano” que se asombran de que no haya pinchos de tortilla en los restaurantes. Dice que ha pasado varios meses en Lisboa y por eso es conocedor de la prepotencia y ordinariez de los chulos madrileños con los hosteleros portugueses.
Este cliché del portugués es bastante inmerecido. No los ha visto de fiesta. Son bastante más alegres de lo que parecen.
Ya que estamos de anécdotas, ahí va otra. Yo sí conozco muy bien Portugal, de norte a sur, y lo conozco bien porque lo he recorrido durante años con grandes amigos portugueses. Concretamente, uno de ellos, un tipo encantador, generoso, alegre y divertido, pero con un problema grave: la liaba parda en todos los restaurantes. Él no diferenciaba entre portugueses y españoles, montaba escándalos en todos los sitios. Discutía por todo: por el aceite, por el pan, por el vino, si no está frío, que si la mesa es baja, la silla alta… yo que sé. La última vez, precisamente en Madrid, la lio tan gorda, que allí acabamos la relación. ¡Lo que han tenido que tragar los hosteleros de medio mundo con este portugués encantador antes y después de comer en un restaurante, pero sentado a la mesa un imperesentable ¡ Así es él. El resto de los portugueses no tienen la culpa. No son chulos, ni catetos, ni prepotentes, como no lo son los madrileños por mucho que tú lo digas, Ignacio.
Siguiendo con la historia, ya jactancioso, dice que habló con el camarero y le preguntó “por qué no echaba a aquellos palurdos a palos —yo me prestaba a echarle una mano”. Que quieres que te diga, no te veo ayudando al camarero a echar a esos “paletos con ínfulas”, no sólo por catalán, que también, sino por formar parte de esas 200 familias (algunos hablan de 400) que dominan Cataluña desde hace mucho, mucho, tiempo. La oligarquía no se mancha las manos, tú lo sabes mejor que yo, así es que, menos lobos, Caperucita.
Impresentables hay en todos los sitios, y gilipollas, y buena gente. Hay de todo en el mundo, así es que no nos toques las narices a los madrileños, que si algo sabemos hacer, casi todos, es vivir y dejar vivir, como ya debes saber viviendo desde hace siete años en Madrid.
Como tú dices, las cosas, como son, y la verdad es la verdad, y negarla es escupir al cielo. No escupas al cielo. Está feo.
