Yasser Sosa Tamayo

Yasser es un escritor y activista cubano que denuncia la situación en la que se encuentran los cubanos con la falta de alimentos y los apagones que duran varios días en los que la población no puede ni calentar agua. En sus recorridos por la ciudad se encontró con el viejo que sólo quería que alguien le diera la mano.
Aquella noche, Santiago no estaba oscuro: estaba desaparecido
Aquella noche, Santiago no estaba oscuro: estaba desaparecido.
El apagón había borrado las calles, las esquinas, las sombras… y hasta los miedos.
Solo quedábamos los que aún teníamos algo prendido por dentro.
Caminaba por el parque Céspedes, viejo guardián de ruinas y miserias humanas, cuando una voz, gastada como un suspiro que ya no tiene fuerza, me tiró del alma:
«Regálame un peso sobrino».
Me giré.
Y lo vi.
Un hombre tendido en el banco, con la ropa vencida, los pies desnudos del porvenir y una mirada que parecía haber visto demasiadas despedidas.
La noche lo había adoptado como un hijo huérfano.
Me acerqué.
Soy Yasser , le dije.
Él respiró hondo, como si pronunciar su nombre fuera un acto de valentía:
Rogelio…
Y enseguida, sin pedir permiso, sin dramatismos y sin lamentos, lanzó la frase más pura, más devastadora que he escuchado en mucho tiempo:
Si no tienes nada que darme… me basta con que me des la mano.
¿Tú sabes lo que es eso?
Un hombre sin nada… pidiendo solo piel.
Pidiendo contacto.
Pidiendo existir un segundo más en alguien.
El corazón me crujió.
Le di la mano.
Pero no me alcanzó.
El gesto se me quedó corto, flaco, insuficiente.
Así que lo abracé.
Un abrazo de esos que aprietas para que no se evapore la persona que sostienes.
Y entonces él abrió su vida, como se abre un libro escrito a golpes:
Me habló de errores que le costaron décadas.
De un hijo que dejó de pronunciar su nombre.
De noches donde el frío le muerde los huesos.
De días en que el hambre le araña la barriga.
De esa sensación de ser un fantasma vivo: todos te ven, pero nadie te mira.
Ahí, sentado a su lado, como se ve en la foto, entendí algo salvaje:
Rogelio no pedía dinero.
Pedía un testigo.
Pedía no morirse sin que alguien supiera que él existió.
Le dejé lo necesario para que respirara unos días sin pelear con el destino.
Y cuando nos íbamos despidiendo, con los ojos brillándole como si tuviera un sol llorando adentro, murmuró:
Tengo miedo a morir solo, sobrino…
Amigos míos , esa frase no la cura nadie.
Solo volví a abrazarlo.
Fuerte.
Desesperado.
Con esa torpeza hermosa que tenemos los seres humanos cuando no sabemos salvar a alguien, pero igual lo intentamos.
Esta publicación es para él.
Para Rogelio.
Para que su nombre no se diluya en la calle como polvo arrastrado por el viento.
Para que su miedo no sea su tumba.
Para que el mundo recuerde que todavía existen personas que sobreviven con la esperanza rota… pero viva.
La foto no es una pose.
Es una herida abierta.
Un acto de rebeldía.
Una prueba de que la humanidad, aunque esté en apagón, siempre puede encenderse con un gesto.
