¿Qué planea Israel en Argentina?
La compra de grandes extensiones de terreno en la Patagonia por parte del multimillonario de origen judío Joe Lewis (entre ellos un terreno que rodea el Lago Escondido y al que no permite acceso por lo que ha sido denunciado) en la que pasan las vacaciones miles de soldados israelíes, han traído de nuevo a la memoria el libro El estado judío que Theodor Herzl, fundador del sionismo, escribió en 1896, en el incluía un capítulo titulado ¿Palestina o Argentina? en el que se abogaba por la instalación de los judíos que huían de los pogroms de Centroeuropa, aunque definitivamente se decidieron por Palestina. En este artículo, Thierry Meyssan desarrolla este asunto tan complicado. (Ángela, 29-12-2017)
Thierry Meyssan
Las autoridades argentinas ven con inquietud la compra masiva de tierras en la Patagonia por parte de un multimillonario británico y las «vacaciones» de decenas de miles de soldados israelíes en las propiedades de ese acaudalado personaje.
Dueño de 175 empresas, entre las que se cuentan varias cadenas de restaurantes y el club de futbol británico de Tottenham –autoproclamado «Ejército de los Yid»– el discreto multimillonario Joe Lewis se dedica a la especulación en el mercado cambiario, junto a su amigo George Soros.
En el siglo XIX, el gobierno británico estuvo indeciso entre crear Israel en la actual Uganda, en Argentina o en Palestina. Argentina estaba entonces bajo control del Reino Unido y, por iniciativa del barón francés Maurice de Hirsch, se convirtió en aquel momento en tierra de asilo para los judíos que huían de los pogromos desatados en Europa central.
En el siglo XX, después del golpe de Estado militar que derrocó al general Juan Domingo Perón, presidente democráticamente electo de Argentina, una corriente antisemita se desarrolló en las fuerzas armadas de ese país. Esa corriente distribuyó un folleto donde se acusaba al nuevo Estado de Israel de estar preparando el «Plan Andinia», para invadir la Patagonia.
Hoy resulta que, si bien la extrema derecha argentina exageró los hechos en los años 1970, realmente existía un proyecto, que no era de invasión sino de implantación en la Patagonia.
Todo cambió con la guerra de las Malvinas, en 1982. En ese año, la junta militar argentina en el poder trata de recuperar los archipiélagos de las Malvinas y las Islas Georgias del Sur y Sandwich del Sur, denunciando su ocupación por la Gran Bretaña desde hace siglo y medio. La ONU reconoce que la reclamación argentina es legítima, pero el Consejo de Seguridad condena el uso de la fuerza para recuperar esos territorios en disputa. Hay de por medio un botín considerable ya que las aguas territoriales de esos archipiélagos dan acceso a las riquezas del continente antártico.
Al final de la guerra de las Malvinas, que oficialmente dejó más de mil muertos –aunque las cifras oficiales británicas en realidad minimizan las pérdidas humanas–, Londres impone a Buenos Aires un Tratado de Paz particularmente duro, que limita las fuerzas armadas de la República Argentina a su más simple expresión. Incluso se priva a Argentina del control del espacio aéreo del sur de su territorio continental, a favor de la Royal Air Force británica, y se impone a la República Argentina la obligación de informar previamente al Reino Unido de todas sus operaciones.
En 1992 y 1994, dos atentados extraordinariamente devastadores y sangrientos destruyen sucesivamente la embajada de Israel en Buenos Aires y la sede de la asociación israelita AMIA en la misma ciudad. El primer atentado ocurre en momentos en que los jefes de la inteligencia israelí en Latinoamérica acababan de salir del edificio. El segundo atentado, perpetrado contra la sede de AMIA, tiene lugar durante los trabajos conjuntos de Egipto y Argentina sobre los misiles balísticos Cóndor. Durante el mismo periodo estalla la principal …








Sin que el siglo haya podido ponerse de acuerdo sobre la definición de la cosa, la cosa ha muerto. Su reinado ha sido efímero y terrenalmente glorioso, es decir muy próximo al espejismo. A lo largo de más de cien años de barricadas y de tinta roja y negra se discutió cuál fuere la naturaleza del intelectual, cuál su función social y cuánto el peso de su proclividad a las traiciones de derecha y de izquierda. Tras más de dos siglos de militancia activa el intelectual rampante exhibe con sus harapos lo único que hay de verdad en la bodega de Darwin: la adaptación de los desalmados y la capacidad de los mediocres de mala intención para triunfar sobre especies más antiguas, a condición de no tener un estómago demasiado escrupuloso. En la trastienda de la historia, en el territorio de los fósiles que un día serán rescatados del hambre y del insomnio, permanecen las víctimas de tan bárbara fagocitación: los poetas de la alucinación clarividente, los creadores de sinfonías para orquestas inexistentes, los pintores que jamás entregaron a tiempo un cuadro porque una vida es poco para entender el secreto y la antigüedad de los colores, los periodistas que jamás comentaron una mala noticia, los cronistas que nunca salieron de su casa, los revolucionarios que no quieren cambiar el mundo y los maestros que no aspiran a ganar concursos. El intelectual triunfante ha devorado al intelectual rebelde, en un empeño por demostrar que efectivamente el pez grande se come al chico, que el rico epulón jamás se levantará de la esa mesa para ceder su puesto al mendigo y que se permite la existencia de los violinistas, de suelas de zapato gastadas y de cuello de camisa raído, para que diviertan a los comensales de los salones reservados. El arte fino al servicio de la glotonería. Esa es la verdadera muerte del Arte porque tal fue su naturaleza. Al intelectual exquisito se le reservó el privilegio de erigirse en conciencia de lo inerte y de lo nebuloso, de las sociedades que avanzaban en la historia con su sopor darwiniano. Si estaba llamado a destronar a Dios, lo menos que debía hacer era atiborrarse de soberbia: el único alimento que engorda a la vez el cuerpo y el alma. Es cierto que nadie le regaló tan privilegiada situación, sino que la consiguió a riesgo de perder el cuello en la guillotina a manos no de sus enemigos de clase, sino de sus camaradas, pues es preciso adelantarse a decir que el martirologio de los intelectuales es asunto de familia. La recompensa de la gloria y el poder vendría en seguida.