¡Qué poco dura lo bueno!

¡Qué poco dura lo bueno!

Ángela

30-7-26

Nos ha durado muy poco la alegría por el mundial. Ya ni nos acordamos. Los incendios brutales nos han hecho olvidar que por un momento fuimos felices. Que sirva de homenaje este escrito que tenía que salir publicado antes de este desastre.

Este mundial de fútbol ha sido muy especial. Especial para España que ha conseguido su segundo título después de 16 años. Normal que lo celebremos multitudinariamente, pero eso también es especial: dos millones de personas siguieron a estos jóvenes durante horas por las calles de Madrid. Increíble. Pero no sólo Madrid se vistió de fiesta. Todas las plazas de todas las ciudades estaban abarrotadas de gente. Lo de Zaragoza fue espectacular. Y no sólo en las ciudades veíamos riadas de gente. En las plazas de cualquier pueblo, por pequeño que fuera, se juntaron los vecinos para celebrar el triunfo. Un espectáculo dentro y fuera del campo de fútbol.

El equipo español se merece la enhorabuena. Fueron los mejores. Nadie, salvo los argentinos (y no todos), pone en duda esto.

Lo de los argentinos con el fútbol es digno de estudio. Son capaces de matar a su padre por un título. Y no sólo el campeonato del mundo. Cualquier partido es sinónimo de bronca, da igual los equipos que se enfrenten. Y lo llevan muy a gala. Así es que no es de extrañar la que han montado porque su equipo ha quedado segundo en un torneo tan difícil como éste.

Se empeñaron en que tenían que ganar y desde el minuto uno comenzaron las faltas, los golpes, los puñetazos. Juegan fuerte, dicen estos rompepiernas. En fin, no acabó en tragedia, así es que lo damos por bueno.

Y, además, qué vamos a decir si el que hace volar a Cubil es Enzo Fernández; el que se lía a guantazos tras el partido con Gavi es Leandro Paredes. Si del once inicial, siete son hijos de españoles: Emiliano “Dibu” Martínez, Gonzalo Montiel Cristian “Cuti” Romero, Lisandro Martínez, Enzo Fernández, Nicolás González, Julián Álvarez; y tres de los suplentes: Nicolás Otamendi, Leandro Paredes, y Nahuel Molina; en fin, son unos brutos, pero son nuestros brutos. O no. Algo ha pasado para que los hijos de españoles de aquí y los de allá sean tan distintos. Quizás a sus padres se les olvidó explicarles que cuando se entra en un sitio se dan los buenos días, que hay que ceder el paso a los mayores, que lo que no puedas arreglar con el buen juego no lo puedes arreglar a hostias. Pero, aun así, estos macarras son reconocibles para nosotros. Sabemos de macarras. De lo que no sabemos tanto es de chivatos. Chivarse de un rival, como hizo Messi, llamando al árbitro cuando él sabe perfectamente que no le ha dicho nada malo, es absolutamente vergonzoso. Un tipo de cuarenta años chivándose como los niños al profesor es de risa, o de pena. ¡Qué tipo tan desagradable! Como el otro que se tira al suelo cuando no hay nadie a su alrededor intentando hacer creer al árbitro que le han tirado. Eso no hace.

La locura de muchos argentinos es tan grande que la conspiranoia se ha adueñado de las mentes de muchos. En las redes sociales se pueden ver las historietas más extravagantes.

Lo siento por los argentinos de buena voluntad. Por mis amigos, gente maravillosa, educada, inteligente, interesante (nada que ver con estos brutánganos), y que sienten como el que más que su equipo no haya podido ganar el campeonato. Son subcampeones. Enhorabuena.

De los imbéciles de aquí, ni hablamos.

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