Ariane Gransac, adiós a una mujer libre

Ariane Gransac, adiós a una mujer libre

Ángela

Ha fallecido nuestra querida Ariane (5-abril-2026), apenas unos meses después del fallecimiento de Octavio. Tras toda una vida juntos, no era plan de dejarlo solo mucho tiempo, debió pensar Ariane. Y se han ido los dos, marcando el final de una etapa en la vida de muchos. Porque los dos representaban un mundo de solidaridad, de vida individual y en grupo, que termina con ellos. Termina porque nos hemos hecho mayores aquellos que íbamos y veníamos, que pasábamos temporadas con ellos y otros amigos, que nos gustaba juntarnos para charlar, para pasear, para conocer; y también, quizás, porque a los más jóvenes les interesa más quedar con su pequeño grupos de amigos y fundamentan su vida en viajar lo más lejos posible. Eso, los que puedan. Los que no pueden plantearse ni salir a la puerta de la calle porque no tienen trabajo o tienen un trabajo de mierda, se quedan en su casa jugando a marcianitos, viendo pasar la vida a través de internet.

Ariane Gransac
Ariane Gransac

Hace años que Ariane dejó de ser la mujer que conocíamos. ¿Qué pasó? Una depresión, quizás unos medicamentos para el colesterol, como pensaba Octavio, que entre sus muchas contraindicaciones se encontraba la pérdida de memoria reciente y que al final fue retirado por el gobierno francés;  y a ella le tocó la china. No sé, el caso es que dejó de acordarse de lo que había desayunado esa mañana, o lo que había cenado la noche anterior. Para lo ocurrido hacía años, tenía una memoria excelente hasta que la pérdida de neuronas la dejó encerrada en sí misma, en un mundo que desconocemos. Ahora, ya no importa la causa de ese desastre.

Ariane es una de las mujeres que más he admirado, quizás a la que más. Siempre respondiendo rauda a cualquier cosa que no le pareciera correcta. Da igual de quien se tratara. No hacía distinciones. Una mujer de carácter. Y al mismo tiempo, un persona afable, cariñosa. Atenta en las conversaciones; sabía escuchar Ariane, incluso rodeada de gente. Gran conversadora, y siempre interesantes sus comentarios.

Apasionada del cine, podría haberse dedicado a la crítica cinematográfica. Y de la pintura, a la que se había dedicado en su juventud y que abandonó por dedicarse a los demás. Porque esa fue su vida: una dedicación total a los demás.

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Luz de Cataluña, una de las obras de Ariane que firma como Ariane Grandore

Su casa, la de los dos, era un ir y venir de gentes de todo el mundo, de todos los países, de todos los colores. A todas horas. Tenías mejor información en aquella casa de Leon Jouhaux en París que cualquier periodista de internacional. Su intimidad no existía; era una intimidad compartida.

De su estancia en la cárcel, Ariane mantenía relaciones no solamente con las mujeres presas, sino con las hijas de esas mujeres a las que ella cuidó mientras sus madres seguían en la cárcel. Era emocionante ver aparecer a una joven con su niña de meses en brazos que iba a visitar a Ariane habitualmente. Esa joven era una niña de meses cuando Ariane la conoció estando con su madre en prisión. No recuerdo bien su nombre, quizás Nina.

Cuando el anarquismo en Francia se había quedado paralizado, al igual que en España, ella encontró otro mundo en el que podía manifestar su necesidad de ayuda. Ese mundo lo encontró en América, sobre todo, en Bolivia. Un mundo en el que la vida transcurría de forma sencilla.

Ariane representaba ese anarquismo de pequeñas comunidades que unidas unas con otras conforman el mundo entero y en la que el individualismo era compatible con la vida en colectividad.

Era libre en el sentido de que la responsabilidad de su vida era suya; no echaba la culpa a la sociedad de los errores de su vida.

Era increíble la diferencia entre ella y las mujeres anarquistas más mayores que conocí. Las mujeres que en teoría hablaban del amor libre, las mujeres libres, y que gritaban su enfado ante la actuación de sus compañeros cuando las abandonaban para buscar otras mujeres. Como decía una de ellas: “el muy cabrón me dice que se va con otra porque no puede perder el último tren de su vida, después de que he criado a nuestros hijos yo sola mientras él estaba en la cárcel o haciendo la revolución”. Y llevaba razón, pero es que la teoría es una cosa y la realidad otra.

Ariane pertenecía ya a otro mundo. Un mundo donde el precio de la libertad personal era aceptar cosas que las otras mujeres no admitían. La libertad tiene un precio.

Con Ariane, la vida era fácil. Tú eres como eres y yo te acepto  aunque discuta contigo porque no estoy de acuerdo en algo.

Dejaban vivir, Octavio y Ariane, cosa no tan corriente entre los viejos anarquistas, al menos los refugiados en Francia que conocí. Entre estos viejos los había muy dogmáticos. Recuerdo una situación en casa de unos de esos viejos, acogedores como todos los anarquistas. Pasábamos unos días con ellos cuando llegó a comer su sobrina con los niños. Tan contenta ella con su botella de vino para agasajarnos a nosotros, los invitados de sus tíos. El tío entró en cólera, el vino era nocivo y no podía entrar una botella en su casa. Tan agresivo se puso, que la pobre sobrina acabó llorando.

A esos tipos no los soportaba Ariane. Yo tampoco. No puedes hablar de libertad cuando eres tan dogmático en tu vida privada.

En fin, con Ariane Gransac, con Octavio Alberola, con Montse Morato (una persona maravillosa, tan querida por todos) se acaba un mundo. Una forma de vida.

Y la vida con ellos era mucho mejor.

GRANSAC-SADORI Ariane [Dictionnaire des anarchistes]

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