Si yo me pareciera a Marilyn Monroe
Dolores del Paso
27-9-2024
Si yo me pareciera a Marilyn Monroe, me pondría mi vestido más bonito, me pintaría los labios, me pondría unos zapatos de tacón, cogería mi bolso y saldría a pasear. Despacio. Me sentaría en una terraza, cruzaría las piernas, pediría un café, sacaría el paquete de tabaco del bolso, cogería un cigarrillo y cuando regresara el camarero con el café, le pediría fuego. Fumaría lentamente, con la mirada puesta en el infinito.
Y si yo fuera la mujer que, sentada en la terraza de ese café, viera pasar delante de mí a la mujer con el vestido azul claro con pequeñas mariposas blancas que parecen flotar con el ligero vuelo de la falda, y que se sienta dos mesas más allá, esa mujer que se parece tanto a Marilyn Monroe, la miraría, al principio, un poco de reojo, pero poco a poco la miraría casi fijamente, y después de un rato, pagaría la cuenta, cogería mi bolso y me dirigiría hacia ella, y cuando llegara a su altura, agachándome un poquito, le diría: gracias. De nada, respondería ella.
Como siempre hay alguien, alguna más bien, que dirá que porqué tiene que ser una mujer, que ya está bien eso es tratarla como un objeto, a ese alguien le diría que coloque en esa silla de la terraza de ese café a ese hombre que se parece a Alain Delon, con su traje gris, su camisa blanca, su corbata negra, su sombrero también gris con una cinta también negra, que cruza las piernas, que pide un café, que saca un cigarrillo del bolsillo y fuma lentamente y con sus misteriosos ojos azules mira hacia el infinito. Yo haría lo mismo: le daría las gracias.
Y si me preguntaran porqué si me pareciera a Marilyn Monroe querría mostrar de forma tan patente mi belleza, les diría que, consciente de ella, quiero hacer partícipe a los demás de ese don que Dios o la naturaleza (cada uno que elija lo que quiera) me han concedido. La belleza no depende de mí, lo que sí depende de mí es que los que me rodean tengan la certidumbre de que la belleza existe.
Y si me preguntaran porqué le daría las gracias a esa mujer que se parece a Marilyn Monroe, le diría que la belleza es un don que algunas personas poseen, y a los demás sólo nos queda admirarlos como se admira la inteligencia, o como se admira la capilla Sixtina.
No sé nada de esa mujer, puede ser cajera del Mercadona o físico nuclear, puede estar soltera o está esperando la hora para recoger a sus hijos del colegio; tampoco sé nada de ese hombre, quizás es representante de alguna marca de coches, o dependiente del Corte Inglés, a lo mejor está separado y hace tres meses que no ve a sus hijos y lo que yo veo como misterioso en sus ojos es dolor, sólo dolor, un dolor inmenso…, todo es posible. No sé nada de ellos. No son mis amigos, ni les voy a preguntar nada sobre su vida. Tampoco les voy a pedir que me saquen la raíz cuadrada de 3895, ni que me digan si el descenso de la natalidad es un problema demográfico muy grave en España. No les voy a pedir esas cuentas, ni creo que se las tenga que pedir nadie.
Este hombre y esta mujer me dan con su belleza mucho más de lo que yo les pueda dar nunca. Con su presencia me ofrecen un momento de felicidad y me recuerdan que la felicidad hay que disfrutarla cuando aparece. Es ese instante de la vida lo que les agradezco.
La belleza de una mujer, de un hombre, es la más gratuita que existe. La más efímera, también. O quizás, no. Gratuita, sí, efímera, no. Todavía recuerdo perfectamente la belleza de un joven que vi al paso en París. Hace muchos años de esto y todavía puedo verlo, apoyado en la fachada de una casa, parecía que esperaba a alguien. Un joven moreno, con un pelo castaño que le caía sobre los hombros, y unos ojos tan inmensamente verdes, que me quedé un poco absorta; supongo que por eso él también se fijaría en mí, por ese descaro, y por unos instantes nuestras miradas se cruzaron. No se me ha olvidado. Como no se me ha olvidado la emoción que sentí ante la Piedad de Miguel Ángel. Hace casi tantos años de una imagen como de la otra. Para mí, las dos son efímeras, puesto que las vi un instante; y eternas, porque siguen intactas en mi recuerdo. Mientras yo viva ahí estarán el joven de los ojos verdes y la Piedad de Miguel Ángel.
