Antonio Moreno del Camino-El fin de los días

El fin de los días

Antonio Moreno del Camino

25-5-2017

 

Cerraba su carpintería a las 6,30 de la tarde y, antes de ir a su casa, iba a verla todos los días y le llevaba los encargos que la noche anterior le hubiera hecho. A las 7 en punto entraría por la puerta y eran menos 10.
Se había librado de una larga condena. Le habían detenido en una ocasión por pertenencia a banda armada pero no había pasado más de 3 años en la cárcel. No le habían relacionado con ningún asesinato. Los de su comando estaban muertos. Dos murieron en un tiroteo cuando los interceptaron en una carretera con kilos de dinamita en el coche. Detrás de ellos, en otro coche iba él con Fermín y consiguieron huir. Fermín murió poco después en un accidente de tráfico. Dicen que se suicidó, pero no quedó claro. Él consiguió huir, pasó largos años en América sin apenas contacto con la organización. Le mandaban dinero sus padfres  y a veces los hermanos. Volvió cuando pensó que ya no había peligro y montó su carpintería con la ayuda familiar. Llevaba una vida tranquila, con su mujer y dos hijos, Juan de 3 años y Jorge de 15 que le daba muchos quebraderos de cabeza. No estudiaba, no ayudaba en nada y siempre estaba pidiendo dinero. Este era su principal problema. Atrás habían quedado los atentados con coche bomba. También los tiros en la nuca. Quince muertos en total. Pero esto no le quitaba el sueño. Decía que él no había matado a nadie, los había ejecutado.

Y de repente, después de tantos años, aparece este tipo para matarlo.
– Vamos a esperar tranquilamente.
– Por favor, dijo llorando la mujer, déjanos en paz.
– ¿En paz? ¿No habéis vivido en paz todos estos años?

Se oyó el sonido de un coche que se acercaba y frenaba a la puerta de la casa. Era una finca bastante grande, unos 3000 metros y la casa quedaba en el centro. Nunca había tenido miedo a los ladrones, todo el mundo sabía quien vivía allí y no se le ocurriría a nadie entrar a robar. Los vecinos de las otras propiedades eran el mismo tipo de gente, así es que no había motivos para tener miedo. Siempre había vivido allí. Su marido había muerto dos años antes y ella también quería morir en su casa. Sus hijos insistían para que se fuera a vivir con ellos, pero se negaba. Marta venía todos los días un par de horas a dar una vuelta a la casa, y con eso era suficiente. Jon vivía en el pueblo de al lado a unos 5 kms.Los otros hijos vivían en la capital y venían los domingos a comer, los hijos, las nueras, los nietos. Iban todos a misa, bueno, algún nieto no, y después comían apaciblemente.

La vieja quiso gritar al ver entrar a su hijo por la puerta, pero no salió ningún sonido de su boca. Tenía la garganta seca.
– Hola mamá
Ella no respondió. Le miraba fijamente con ojos de loca.
-¿Qué te pasa?
– No le pasa nada

Al darse la vuelta Jon se encontró frente al tipo que había visto varias veces pescando en el río, incluso habían mantenido alguna conversación. Quería saber cual era el mejor sitio para pescar. Era un apasionado de la pesca. Tanto, que se había alquilado una casa en el pueblo de al lado para pasar temporadas allí.
Cuando lo vio por primera vez hizo algunas averiguaciones y lo que descubrió cuadraba perfectamente con lo que él contaba. Era profesor de Universidad en Estados Unidos y un apasionado de la montaña y el mar.
Había conocido esa zona en uno de los congresos a los que había asistido y consideró que era el lugar perfecto para vivir.
Se llamaba Arthur Espector y hablaba perfectamente español. Tendría unos 50 años. Estaba divorciado y tenía dos hijos como él; más mayores, ya se habían independizado.
-¿Qué pasa aquí, qué quieres?
– A ti, te esperaba a ti.
La vieja miraba aterrorizada.
– No te consiento que asustes a mi madre.
Curiosa manera de hablar a alguien que tiene una pistola en la mano.
La vieja empezó a gritar y a llorar
-Cállese no le va a servir de nada.
-¿Quién eres?
– No me extraña que no me reconozcas. Nunca nos hemos visto. La única relación que hemos tenido fue hace mucho tiempo. Yo tenía 8 años. Salía de casa para ir al colegio con mi padre y mi hermano de 3 años, Manuel. Mi madre estaba en la puerta despidiéndonos como todos los días. Subimos al coche, mi padre colocó a mi hermano en su sillita. Yo esperaba sentado también atrás. Yo siempre quería ir delante pero mi padre no me dejaba, decía que todavía era pequeño. Ahí sentado me di cuenta de que había olvidado el libro que tenía que devolver a la biblioteca y era el último día. Salí corriendo mientras mi madre me decía, ¡corre date prisa que vais a llegar tarde! En ese momento mi padre arrancaba el coche. Tenía a mi madre delante de mí, en las escaleras de entrada a la casa cuando oí la brutal explosión. Caí al suelo y sólo después me di cuenta de que me sangraba la nariz. El coche saltó por los aires, como un pañuelo grande negro, con mi hermano y mi padre dentro. Por un momento todo quedó paralizado. También mi madre y yo. Nunca he podido olvidar ese ruido monstruoso mezclado con los gritos de mi madre. Y ese olor, es maldito olor. Algún vecino salió pero la mayoría se quedó en casa. Una mujer se acercó y me cogió mientras otros dos hombres intentaban sujetar a mi madre que se tiraba sobre los trozos humeantes del coche. Nadie más en una población de 5000 personas.
Ese fue el fin de los días. Sólo quedaron las noches, cerradas, terroríficas, oscuras. Se instaló la muerte en nuestras vidas. Cuatro vidas truncadas por un asesino como tú.
– Nunca me han acusado de matar a nadie.
– Lo sé. Por eso estoy aquí. Si te hubieran detenido y te hubieran mandado a la cárcel, no habría venido. Pero los que debían hacerlo no cumplieron con su deber. Se conformaron con las condenas de tus compañeros y a ti te dejaron en paz. Estabas lejos y no les preocupabas demasiado, no eras nadie dentro de la organización. Y luego llegaron las conversaciones y los acuerdos y no sólo mi padre y mi hermano, sino otros muchos quedaron sin justicia. Y a eso he venido, a impartir justicia.
– Si me matas, no vas a salir vivo de aquí. Te matarán antes de que salgas del pueblo.
– Es posible, pero eso hace mucho que no me importa. He visto a mi madre morir de pena después de años de depresión, psiquiatras, pastillas y más pastillas. Mis abuelos nos cuidaron hasta que pudieron y cuando ya no pudieron más me enviaron con mis tíos a Estados Unidos. Cuando mi madre murió me adoptaron y cambié mi apellido. Era otra persona. Soy otra persona. Lo único que me ha mantenido vivo es este momento. Nada de lo que pueda ocurrir me importa. Hace años que sé quien eres y te he seguido en la distancia. Si no he venido antes a por ti es por que mis hijos eran pequeños, pero ya no me necesitan. He trazado un  buen plan, incluida la huida, pero si me sale mal, nos veremos en el infierno.
La vieja había enmudecido con el relato. Ella siempre había sabido las barbaridades que había cometido su hijo. Era su hijo y se lo había contado todo. Como lo sabían sus hermanos y sus vecinos y el cura del pueblo. En un sitio tan pequeño todo se sabía. Pero ya había terminado y comenzó a gritar y a suplicar que no lo matara.
– Por favor, te lo suplico, no lo mates.
– No lloraba cuando su hijo mataba a inocentes.
– No me mates, no me mates.
– ¿Tú también vas a suplicar? ¿Cobarde?
– No me mates, por favor, no me mates.
– No te voy a matar, te voy a ejecutar.
En ese momento levantó el arma y le pegó un tiro que le voló la cabeza.
La vieja se quedó paralizada por un instante, miraba a su hijo muerto en el suelo con ojos desorbitados.
Él se dio media vuelta y sólo cuando ya rodeaba a la casa para coger el coche oyó los gritos desgarradores de la vieja.

Nota. La frase: “Yo no he asesinado a nadie, yo he ejecutado, es de Josu Zabarte, 20 atentados, 17 asesinatos entre ellos José María Piris un niño de 12 o 13 años al que mató con una bomba; es la respuesta a la periodista Ángeles Escrivá, en una entrevista para El Mundo, 21/10/2014. Añadía: ‘No me sé el nombre de las víctimas. Son otras cosas las que no me han dejado dormir’.

 

Compártelo!

Deja un comentario

Scroll al inicio