Antonio Moreno del Campo-El corredor

El corredor

Antonio Moreno del Camino

3-2-2017

 

Espero haberlos despistado, porque ya no puedo más. Estoy asfixiado. Ellos también, pero son más y van armados. Y algo más importante: saben por qué corren. Yo no lo sé. O lo sé a medias. Sólo sé que si no hubiera echado a correr ya hace rato que estaría muerto. ¿Pero, por qué? El azar, el puro azar. Estaba dónde no debía estar y he visto, lo que no debía haber visto.

Por suerte soy un corredor nato. Desde que tengo uso de razón estoy corriendo. Primero huyendo de la correa de mi padre. Cada vez que venía borracho, y era un día sí y otro también, nos atizaba a mi madre y a mí. Pobre mujer, trabajando todo el día para encontrarse por la noche con ese criminal. Corría todo lo que podía, pero si no me alcanzaba en el momento, venía a buscarme cuando estaba durmiendo y se liaba a puñetazos conmigo loco de ira por no haber podido alcanzarme; hasta la noche en que conseguí zafarme de él y en la persecución salió rodando por las escaleras y se dio tal hostia que se dejó los sesos en el suelo. Maldito hijoputa.

Seguí corriendo en el instituto cuando la banda de los 5 mierdas (se hacían llamar Los matones), me perseguían para hacerme todo tipo de perrerías. No era la única víctima. A mi amigo Luis también lo putearon todo lo que quisieron. En una ocasión lo desnudaron a la salida de clase y tuvo que ir casa escondiéndose en todos los portales. Nos hicieron de todo, los cabrones, ni acordarme quiero. Y el más cabrón de todos, Esteban, el jefecillo de la banda, tiene las narices de querer contactar conmigo para recordar viejos tiempos. Le había hecho mucha ilusión encontrarme en Twiter. Si salgo de esta creo que voy a aceptar vernos un rato. Sólo para matarlo, prometo no hacerle daño.
Corría tanto que me escogieron en el Instituto para distintos concursos de 100 metros. La velocidad era lo mío. Algún trofeo conseguí.

No pude seguir en el atletismo porque tenía que trabajar para mantener a la familia. El hijoputa había muerto y bien muerto estaba, pero aunque ganaba poco porque lo despedían de todos los trabajos, al menos comíamos.

Pero ahí no acabaron mis carreras. Conseguí un trabajo de mierda repartiendo propaganda; como era tan rápido y acababa pronto me matriculé en la Facultad de Derecho. Horario de tarde. Corría como un loco para coger autobuses, metro o lo que hiciera falta dependiendo de donde me encontrara repartiendo para llegar a clase. Cambié varias veces de trabajo, un taller de coches, reponiendo productos en un hipermercado por las noches. Todos igual de mierdas. No se me dieron mal los estudios. No era el mejor alumno pero conseguí terminar.

Me enseñaron en mi casa, mi madre me enseñó mejor dicho, que siempre hay que llamar antes de entrar. Y por una vez en la vida no lo he hecho. Menos mal, porque eso me ha salvado la vida, al menos por el momento.
Yo no tenía que estar esta mañana en ese antro. Trabajo como ayudante de un abogado que tramita las declaraciones de Hacienda, casos de separación, en un barrio de la periferia con clientes que andan siempre con el agua al cuello. Casos de poca monta. No es un buen salario y trabajo muchas horas, pero me permite pagar un alquiler, ir al cine, invitar a alguna chica a cenar cuando se dejan, en fin, vivo como todo el mundo.

Ahora me pregunto en qué andaba metido este elemento. Supongo que la escena de hoy no está relacionada con algún cliente y sus problemas con Hacienda, ni tampoco con una separación conflictiva.

Hoy es domingo, mi día libre. El jefe me dio ayer un sobre para que lo entregara en mano el lunes a  una persona en la dirección indicada. Era muy importante. Él se iba de viaje hasta el jueves. A primera hora del lunes tenía que ir al juzgado a presentar un escrito y esta mañana revisando los papeles me he dado cuenta de que me faltaba uno, me lo había dejado en la mesa de mi jefe. Habíamos estado tratando el tema y lo dejé olvidado, así es que no me ha quedado más remedio que acercarme a recogerlo.                          .

La oficina tiene dos plantas. En la primera está la mesa de la secretaria, y un par de sillones para los clientes, y el cuarto de baño.
En la planta superior están el despacho de mi jefe y el mío. Como se suponía que no había nadie he empujado la puerta sin más. Y eso es lo que me ha salvado la vida, porque los tipos se han quedado por unos segundos desconcertados lo que me ha permitido echar a correr nada más ver los dos cadáveres en el suelo. Si se me ocurre llamar, ahora mismo estaría tan muerto como ellos. Porque supongo que el jefe y la secretaria están muertos. No me ha parecido que se movieran mucho.

Tengo la sensación de que esto tiene alguna relación con el sobre que tenía que entregar el lunes, así es que he venido a casa para recogerlo. Va dirigido a un tal Carmelo Suárez, en la calle Viriato 87. Después de un rato dándole vueltas me he decidido a abrirlo. Contiene una llave y un plano que no sé a qué corresponden. Pueden ser de una casa, un almacén, ¿pero dónde? También hay una serie de números que supongo un código que tengo que descifrar.
Mi amigo Luis es matemático. Trabaja para una empresa de telefonía dedicada a la creación de códigos para los teléfonos de la policía, el ejército y otros organismos oficiales. Quizás me pueda ayudar.

Pero mientras tanto tengo que seguir corriendo. El problema es que no sé hacia donde. A estas alturas ya sabrán donde vivo. A la policía no puedo ir. Suponiendo que hagan caso de mi declaración, no puedo reconocer a los asesinos, no lo haría nunca. Estos son mafiosos de verdad.  Si me detienen estoy muerto. Con tipos como estos no duro en la cárcel ni cinco minutos.
No puedo quedarme más tiempo en casa. He metido en la mochila algo de ropa. Y unas deportivas nuevas, las voy a necesitar.

Continuará…o no

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