Pedro Izquierdo-La poesía viene cuando ella quiere

LA POESIA VIENE CUANDO ELLA QUIERE

Pedro Izquierdo

16-12-2016

 

Hacía ya tiempo que había pensado que tenía que escribir, que un buen día se pondría a ello.
Estaba indeciso si tenía que escribir novela o poesía, por una parte pensaba que si escribía novela debería emplear mucho tiempo y no lo tenía.
Claro que también podría escribir relato corto o cuentos, y se acordó de Carver que escribía sus relatos en las cafeterías cuando le sobraba tiempo y había leído (según él), que escribía relatos porque escribir una gran novela necesitaba de una preparación previa y mucho tiempo.
La manera de escribir de Carver le parecía sencilla y hasta él podría aproximarse a ese tipo de prosa que no contaba grandes historias, y por otra parte casi nunca tenía un gran final.
Por fin pensó que escribir poesía sería más fácil ya que podría levantarse una hora antes de ir  a trabajar, y luego si tenía algún rato continuar escribiendo. Al fin y al cabo podría determinar la longitud del texto y con cuatro o cinco ideas sencillas hacer un poema.
Había estado leyendo hacía unos días a un conocido poeta que decía que la poesía venía cuando menos te la esperas, y que sólo cuando ella quiere aparece y el poeta tiene que resignarse a acatar sus decisiones. Si ella no venía de nada servía esforzarse.
Esto le animó aún más y no le pareció un gran esfuerzo. No le dijo nada a su mujer, pero había decidido levantarse a la mañana siguiente una hora antes de ir a trabajar y ponerse a escribir.
A la mañana siguiente se levantó como había previsto, se dirigió a la cocina y preparó una cafetera con un café que le había traído un amigo de Colombia.
Entró en el salón y cogió de la librería una libreta no muy gruesa  y un bolígrafo, se dirigió a una terraza anexa que habían cerrado no hacía mucho con cristales, donde el sol calentaba incluso en los días fríos de invierno.
Abrió la puerta de la terraza y colocó en una esquina una mesa de madera y una silla. Dejó la libreta y el bolígrafo encima de la mesa y se sentó a esperar.

Su mujer se levantó media hora después que él y fue directamente a la cocina, vio la cafetera y le extrañó que él hubiera hecho el café porque siempre lo hacía ella. Tampoco entendía cómo se había levantado su marido, ya que era un hombre de costumbres y nunca había hecho eso, normalmente se quedaba en la cama hasta que no tenía más remedio.
Se sirvió una taza de café y fue al salón, al entrar miró hacia el fondo donde estaba la puerta de la terraza, y lo vio sentado en la silla, la mesa quedaba a la izquierda y no podía verla.
Abrió la puerta y le encontró con los brazos cruzados y enfrente una fina libreta con las páginas blancas y un bolígrafo.
-¿Qué haces?, le preguntó.
-Sabes que desde hace tiempo quiero escribir, y hoy por fin me he decidido. Voy a escribir poesía, y estoy esperando que venga la inspiración, añadió él.
Ella frunció el ceño y como un reflejo inevitable, las pestañas se le fueron arriba haciendo un gesto de interrogación.
-Bueno, bueno, te dejaré tranquilo pero no llegues tarde a trabajar que es de lo que comemos.
Salió de la terraza y cerró la puerta para no molestarle, mientras movía la cabeza de un lado a otro sonriendo.
Cuando dieron las nueve echó la silla hacía atrás y salió de la terraza dejando la libreta y el bolígrafo debajo de ella. Se dirigió a la puerta de salida de la casa y le dijo como siempre a su mujer: Adiós cariño.
Bajó las escaleras de un piso cuarto sin ascensor, cogió su coche y se dirigió al trabajo.
Esa misma noche cuando se acostó, antes de dormirse, intentó pensar en alguna idea para escribir algunos versos la mañana siguiente, pero no se le ocurría nada, y lo que se le ocurría no le parecía interesante.
Pensó, como decía el poeta, que si la poesía no viene de nada sirve esforzarse y se durmió con la esperanza de que al día siguiente tuviera más fortuna.
Al día siguiente se volvió a levantar una hora antes de ir al trabajo, preparó café y se dirigió atravesando el salón a lo que ahora era su despacho.
Se sentó en la silla, sacó el bolígrafo que estaba debajo de la libreta, lo dejó a un lado y cruzó los brazos levantando la cabeza hacia el techo, pensando en alguna idea, rima o metáfora.
No comprendía cómo no se le ocurría nada, pero confiaba en lo que había leído de ese poeta tan importante, “si ella no viene nada podemos hacer, sólo esperar”.
Su mujer se levantó a la hora habitual, pasó por la cocina y se sirvió el café que previamente había hecho él dirigiéndose ya directamente a la terraza, antes de llegar le vio a través de la puerta en la misma actitud que el día anterior, con los brazos cruzados delante de la libreta.
Abrió la puerta y le preguntó viendo la libreta en blanco:
-¿No has escrito nada?
-No, respondió él. Esto de la inspiración no es tan fácil como yo creía.
-¿No será que también hay que tener una cierta inteligencia, o estar dotado para escribir poesía?, dijo ella.
– El poeta dijo, “si ella no viene de nada sirve la inteligencia”, y supongo que él tendrá más conocimientos que tú, respondió.
 – Sí, supongo, respondió ella. Voy a preparar la comida, no llegues tarde al trabajo.
Retiró la silla y colocó el bolígrafo debajo de la libreta, salió de la terraza se dirigió a la puerta y ella oyó, adiós cariño, mientras se cerraba la puerta.
A la mañana siguiente la mujer se despertó y fue a la cocina, la cafetera no tenía café.  Caminó hacía el salón y al entrar miró la puerta de la terraza, él no estaba. Se había marchado a trabajar.
Abrió la puerta y entró, encima de la mesa estaba la libreta, le sorprendió que no estuviera el bolígrafo (no se había dado cuenta antes de la costumbre que él tenía de dejarlo debajo de la libreta cuando se marchaba).
Algo había cambiado, en la primera página había escritos cinco versos, los leyó:
Me he cansado de esperar
Tengo que ir al trabajo
Por si vienes y no estoy
Te dejo el papel aquí
Y el bolígrafo debajo.

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