La última cena
Elvira Camoens
Es una costumbre extendida en España que la cena de Nochebuena se celebre cada año en casa de un hermano cuando los padres ya son muy mayores. De momento se puede seguir haciendo así, pero en el futuro, cuando no haya hermanos, los que vengan tendrán que fastidiarse y celebrarla siempre en su casa. Es el problema de que no nazcan niños. Pero ese es otro tema.
En casa de mi marido, cuatro hermanos, se venía haciendo de esta manera desde hacía unos años. Así cuando el último invitado salía por la puerta tras la cena, al cerrar, el anfitrión sentía un gran alivio, “hasta dentro de cuatro años no me vuelve a tocar”.
La última cena que celebramos todos juntos, abuelos, hijos y nietos, fue justo antes de la pandemia.
Le tocaba poner la casa al hermano de mi marido, mujer e hija. Una cena inolvidable…
Lo primero que tengo que decir es que se acercaba la fecha y mi cuñadito no decía nada, incluso los demás hermanos idearon un plan B, pues ya bien entrado el mes de diciembre no sabíamos si iríamos a su casa o no. Pero sí, unos días antes, supimos que cenaríamos en casa de mis cuñados.
Ya teníamos que haber temido lo peor, pues cuando su hermana preguntó, por cortesía, que si teníamos que llevar algo, el cuñadito dijo que podíamos llevar vino, porque él no bebía y no iba a comprar.
Apunto en este momento que el año anterior habíamos cenado en nuestra casa. Mi marido y yo tenemos debilidad por los buenos vinos y sacamos varias botellas de un buen Rioja tinto y entonces, tanto él como su mujercita, sí tomaron sus buenas copas, que me fijé yo. En fin…
Llamamos a la puerta bien contentos cantando “a esta casa hemos llegado cuatrocientos en pandilla…” Nos abrió la puerta ella, sujetando algo debajo de su axila izquierda. No nos recibió con una bandeja de bombones como la Preysler. No.
Debajo del brazo tenía un bote de toallitas húmedas, de esas que se utilizan para limpiar el culito a los niños, también algunos adultos las utilizan para lo mismo.
Antes de decir feliz Navidad ni hostias, nos dijo que teníamos que descalzarnos, o limpiarnos la suela de los zapatos…para eso eran las toallitas que tan generosamente nos ofreció.
Yo me empecé a reír y haciendo broma con mi estatura dije que de ninguna manera me iba a descalzar pues llevaba un elegante vestido largo y si me descalzaba, lo arrastraría.
Todos nos lo tomamos a risa y empezamos ya a vacilar con la situación:
- Abuela, no te preocupes, siéntate, que yo te limpio las suelas. Los abuelos tenían ya más de noventa años.
En el teatro del absurdo esta escena habría triunfado: abuelo, abuela, cuñado, cuñada, mi marido, mis dos hijos y yo limpiándonos las suelas de los zapatos, unos sentados y otros haciendo equilibrios apoyándonos en la pared para no caernos… descojonándonos. Esto en la entrada de la casa.
Pasamos al comedor. Un mantel de flores de lo más kitsch, con flores amarillas y naranjas, que calculo no costaría más de 10 € en el chino de la esquina o quizás en el mercadillo de los martes. No había copas, solo vasos cada uno de su padre y de su madre.
Apunto: yo tengo la costumbre de beber mi vino en copa, es un pequeño placer que me concedo a diario.
En un momento que alguien pidió vino, apareció una botella de vino blanco y yo dije que necesitaba una copa. Tuve entonces el honor de ser la única persona en poseer una copa que, desde luego, no era cristal de Bohemia.
Yo no me di cuenta, pero luego me dijeron que se habían llevado la botella sin terminarla. Y ese fue todo el vino que tomamos esa noche.
¿Que qué bebimos? Cervezas y Coca-Colas. Había que ver la mesa al final de la espantosa cena, llena de botes vacíos. Todo muy estiloso y elegante.
¿Y la comida? Puedo recordarla porque no había mucha: unas gambas pequeñas y poco sabrosas, un plato con rodajas de chorizo, otro con taquitos de jamón, un paté (nada de foie, por dios!), un salmón tísico, tenía muy mal color el pobre, salchichón, unas anchoas bigotudas…qué poco se habían gastado en agasajar a la familia. El plato principal era merluza, una porción bastante pequeña, pero era de muy buena calidad, ojalá hubiera estado bien cocinada. De hecho, él dijo que le había costado 150€. Una pasta, la verdad.
Como mi hijo pequeño no come pescado, le hicieron una pizza congelada que estaba cruda. Un asco. En una noche tan especial no tenían ni un filete, aunque fuera de pollo para dar a un chico.
Y llegaron los postres, había dos diferentes. Uno lo había traído su hermana.
Recuerdo que la hija de ellos los ofreció, dando a elegir uno u otro, los dos no, por supuesto.
Sí que sacaron unos dulces, él nos aclaró que se los habían regalado.
¿Champán? Ni de coña, ¿licores?… en esa casa no se bebe alcohol. Así que nos fuimos pronto.
Al salir su hermana le dijo a él: “vaya, nos has puesto el listón muy alto y el año que viene me toca a mí”. Poco más y me meo de la risa allí mismo.
Fue una cena deleznable, pero he de decir que nos ha dado mucho juego, desde entonces es raro que nos juntemos los perjudicados y no salga el tema y nos partimos de risa una y otra vez.
Por cierto, no nos hemos vuelto a juntar con ellos ni en Nochebuena ni nunca, por unas cosas o por otras. A ver si se animan y nos invitan este año.
Quizás penséis que soy injusta, pues cada uno ofrece lo que puede, según su capacidad económica…Esta familia vive en un gran piso del barrio de Salamanca y tienen posibles, os lo digo yo.
PD: Al día siguiente me enteré de que la merluza la había pagado mi suegro.
