Relatos

El corredor

Antonio Moreno del Camino

3-2-2017

 

Espero haberlos despistado, porque ya no puedo más. Estoy asfixiado. Ellos también, pero son más y van armados. Y algo más importante: saben por qué corren. Yo no lo sé. O lo sé a medias. Sólo sé que si no hubiera echado a correr ya hace rato que estaría muerto. ¿Pero, por qué? El azar, el puro azar. Estaba dónde no debía estar y he visto, lo que no debía haber visto.

Por suerte soy un corredor nato. Desde que tengo uso de razón estoy corriendo. Primero huyendo de la correa de mi padre. Cada vez que venía borracho, y era un día sí y otro también, nos atizaba a mi madre y a mí. Pobre mujer, trabajando todo el día para encontrarse por la noche con ese criminal. Corría todo lo que podía, pero si no me alcanzaba en el momento, venía a buscarme cuando estaba durmiendo y se liaba a puñetazos conmigo loco de ira por no haber podido alcanzarme; hasta la noche en que conseguí zafarme de él y en la persecución salió rodando por las escaleras y se dio tal hostia que se dejó los sesos en el suelo. Maldito hijoputa.

Seguí corriendo en el instituto cuando la banda de los 5 mierdas (se hacían llamar Los matones), me perseguían para hacerme todo tipo de perrerías. No era la única víctima. A mi amigo Luis también lo putearon todo lo que quisieron. En una ocasión lo desnudaron a la salida de clase y tuvo que ir casa escondiéndose en todos los portales. Nos hicieron de todo, los cabrones, ni acordarme quiero. Y el más cabrón de todos, Esteban, el jefecillo de la banda, tiene las narices de querer contactar conmigo para recordar viejos tiempos. Le había hecho mucha ilusión encontrarme en Twiter. Si salgo de esta creo que voy a aceptar vernos un rato. Sólo para matarlo, prometo no hacerle daño.
Corría tanto que me escogieron en el Instituto para distintos concursos de 100 metros. La velocidad era lo mío. Algún trofeo conseguí.

No pude seguir en el atletismo porque tenía que trabajar para mantener a la familia. El hijoputa había muerto y bien muerto estaba, pero aunque ganaba poco porque lo despedían de todos los trabajos, al menos comíamos.

Pero ahí no acabaron mis carreras. Conseguí un trabajo de mierda repartiendo propaganda; como era tan rápido y acababa pronto me matriculé en la Facultad de Derecho. Horario de tarde. Corría como un loco para coger autobuses, metro o lo que hiciera falta dependiendo de donde me encontrara repartiendo para llegar a clase. Cambié varias veces de trabajo, un taller de coches, reponiendo productos en un hipermercado por las noches. Todos igual de mierdas. No se me dieron mal los estudios. No era el mejor alumno pero conseguí terminar.

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LA POESIA VIENE CUANDO ELLA QUIERE

Pedro Izquierdo

16-12-2016

 

Hacía ya tiempo que había pensado que tenía que escribir, que un buen día se pondría a ello.
Estaba indeciso si tenía que escribir novela o poesía, por una parte pensaba que si escribía novela debería emplear mucho tiempo y no lo tenía.
Claro que también podría escribir relato corto o cuentos, y se acordó de Carver que escribía sus relatos en las cafeterías cuando le sobraba tiempo y había leído (según él), que escribía relatos porque escribir una gran novela necesitaba de una preparación previa y mucho tiempo.
La manera de escribir de Carver le parecía sencilla y hasta él podría aproximarse a ese tipo de prosa que no contaba grandes historias, y por otra parte casi nunca tenía un gran final.
Por fin pensó que escribir poesía sería más fácil ya que podría levantarse una hora antes de ir  a trabajar, y luego si tenía algún rato continuar escribiendo. Al fin y al cabo podría determinar la longitud del texto y con cuatro o cinco ideas sencillas hacer un poema.
Había estado leyendo hacía unos días a un conocido poeta que decía que la poesía venía cuando menos te la esperas, y que sólo cuando ella quiere aparece y el poeta tiene que resignarse a acatar sus decisiones. Si ella no venía de nada servía esforzarse.
Esto le animó aún más y no le pareció un gran esfuerzo. No le dijo nada a su mujer, pero había decidido levantarse a la mañana siguiente una hora antes de ir a trabajar y ponerse a escribir.
A la mañana siguiente se levantó como había previsto, se dirigió a la cocina y preparó una cafetera con un café que le había traído un amigo de Colombia.
Entró en el salón y cogió de la librería una libreta no muy gruesa  y un bolígrafo, se dirigió a una terraza anexa que habían cerrado no hacía mucho con cristales, donde el sol calentaba incluso en los días fríos de invierno.
Abrió la puerta de la terraza y colocó en una esquina una mesa de madera y una silla. Dejó la libreta y el bolígrafo encima de la mesa y se sentó a esperar.

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Quiero ser pija

9-11-2016

 

Rita Montero Levy

Quiero ser pija, si, si, si, pija pija. Mejor dicho: voy a ser pija. Estoy ensayando mucho. Digo sí juntando mucho los dientes y la lengua en el paladar y sale como un silbido pijo, pijo, pero pijo (¡uy! esto me recuerda a mi tía dándose un palmetazo en el muslo y diciendo ¡pero pijo!) Tendríais que verme ahora mismo frente al espejo diciendo me encantaaa. Porque desde ahora voy a decir me encanta, súper, habitacional, objetos unidimensionales, y todo eso. Mis amigas al principio no se lo creían, pero ya empiezan a convencerse. Y me amenazan con no salir conmigo. Yo les digo, ¿no será envidia? Y se descojonan.
Bueno, a lo que voy, ser pija requiere un enorme esfuerzo cuando no eres pija de nacimiento, pero soy muy voluntariosa. Para empezar voy a estudiar sociología o políticas. Sí, ya sé que estudiar eso o nada es lo mismo, pero yo quiero ser pija, no ingeniero industrial. Cada cosa requiere sus estudios.
Pija y anticlerical. Y me voy a quedar en sujetador cuando la gente esté en misa. Y voy a decir cosas tan finas como “los curas no quieren que nos comamos las almejas”,  y cosas similares. Y cuando me denuncien por atacar a las creencias religiosas de la gente, primero diré que es mentira, que yo no me quité nada, que fueron las otras; y cuando en el juicio (porque, tiene que haber juicio, por supuesto, me encantan las cámaras ¡salgo tan guapa!) me enseñen el vídeo donde se me ve gritando en sujetador diré que sí, que era yo pero que no me parece en absoluto un insulto ni a las creencias religiosas ni a nada, y para demostrarlo me quitaré esta vez el vestido frente al juez y las cámaras de televisión y me quedaré en bragas y sujetador. ¡Toma ya! Y no como otras, que luego frente al juez son tan modositas ¡A lo hecho pecho, tía!, (sí, es verdad, es un chiste fácil, pero no he podido aguantarlo).

Podría decantarme por la opción contraria, pija y del Opus, por ejemplo. En lo fundamental es lo mismo; a mí, que estoy estudiando el tema a fondo, me cuesta encontrar la diferencia entre unas y otras,  pero reconozco que me costaría más. Sobre todo los ejercicios espirituales.

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EL OFICIO

Daniel

 

Daniel es un ingeniero uruguayo que se dedica a hacer represas para el campo. También es escritor. Nos vimos solamente una vez hace años en Montevideo y me regaló este escrito. No recuerdo su apellido, y bien que lo siento, pero si alguna vez ve aquí su bellísimo relato que sepa que tengo un grandísimo recuerdo de él. (Mariano, 20-10-2016)

 

¿Será un oficio esto?

Conocer la arcilla más fina, la de partículas impalpables, la que sirve para el centro del dique, porque compactada es impermeable, amasarla entre los dedos y la palma de la mano, caminar por la orilla del cañadón, mirando de paso las tarariras que duermen al sol entre los camalotes, buscar un lugar donde las lomas se acerquen al cauce, haciendo cintura, y el valle aguas arriba se ensanche para dar amplitud al lago.

Buscar la tierra que servirá para los taludes de la represa, la gramilla para cubrir la superficie expuesta a la lluvia, o a las corrientes del desagüe, o a las olas que cuando sople el viento Sur golpearán sin pausas.

Construir durante meses el dique, rodeando en la noche el campamento con los tractores y las traíllas para ampararnos del viento, viviendo en la misma tierra que luego será fondo del lago y que se irá llenando de agua y de peces, cuando estemos lejos.

De allí sacarán los agricultores el agua para regar el arroz, el maíz, o los naranjales valle abajo.

Azude es una palabra mora que se usa en el norte para renombrar lo que en otras regiones se llama tajamar.

En los campos de Cerro Largo todavía se le dice hereje al cruel.

Corsario, al milico demasiado entusiasta en las persecuciones.

Real, a la monedita de diez centésimos, así que “gastar un real de prosa», es mantener una breve charla.

Azuderos, nos llamaron a nosotros.

Son voces y sombras de la vieja España que aún habitan las casonas perdidas en el campo.

En la ciudad, algunas noches de invierno y temporal me despiertan los truenos, miro desde mi ventana, la lluvia que golpea el hormigón y corre como si disolviera las paredes de cemento y pienso en mis represas de tierra y gramilla diseminadas por el país. Y me da miedo por ellas y por mí. Temo que algunas no resistan. Recuerdo cada cuenca, las mansas y apacibles y las turbulentas y traidoras y sé que los arroyos empiezan a desbordarse y arrastran alambradas y animales que no salieron a tiempo, y casi siento pánico porque la lluvia aumenta y tengo tanto a la intemperie. Me levanto sin encender luces, para ver los rayos.

Entonces miro al cielo y sin que nadie me escuche les digo a mis represas que aguanten otro temporal.

Y a dios le pido que afloje un poquito, que no exagere, que no joda, le digo tuteándolo, y vuelvo a acostarme riendo de mi ruego, y abrazo a mi mujer hasta que escampe.

(Uruguay, septiembre 2006)

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UN ARTISTA DEL ALAMBRE

Ángela

20-10-2016

 

Mi padre es un artista del alambre.

Desde que tengo recuerdos, he visto a mi padre arreglar todo lo arregable con alambre. Si se estropeaba el picaporte de una puerta, quitaba el picaporte y ponía un alambre y a partir de ese momento perdíamos el tiempo quitando y poniendo alambre cada vez que entrábamos o salíamos. Se suponía provisional, pero todos sabíamos que sería eterno. Es eterno. Todavía en la casa del pueblo tenemos alguna puerta con cierre de alambre. Mi padre tiene 92 años, siete hijos, casi treinta nietos y bisnietos, y nadie ha quitado ese alambre y puesto un picaporte.

Es verdad que lo que uno aprende de pequeño no se olvida nunca.

Al principio yo pensaba que era una manía de mi padre; con el tiempo me di cuenta de que lo usaban todos los hombres. Tenía que haber una explicación, y no tardé mucho en encontrarla: no había de nada; mejor dicho: no había dinero para comprar nada.

¿Comprar un picaporte sólo porque no cerraba la puerta? ¿Un grifo porque no conseguías cerrarlo del todo? El dinero hacía falta para cosas más importante, sin ir más lejos, para comprar comida, ropa, los libros del colegio (otro tipo de libros no entró a nuestra casa hasta que mis hermanas empezaron a trabajar en una empresa que tenía biblioteca, pero de esto ya hablamos en otro momento).

Me dice mi padre que también se arreglaba con alambre las esparteñas, el calzado que usaba para ir al campo. Los domingos se ponía zapatillas de lona con la suela de cáñamo, que se hacía él mismo.

Ir a su huerta abandonada (recuerdo lo del número de hijos, nietos, etc.) es un espectáculo de trabajo en alambre. Se podría decir que no hay un solo elemento unido a otro del mismo o distinto tipo que no esté unido con alambre. El cerramiento de la huerta a base de somieres, rejas, palos de todo tipo y tamaño, por supuesto está unido por alambre. La goma de regar está metida en el grifo y atada con alambre para que no se salga cuando abres el grifo. La cisterna tiene no sé que pieza atada con alambre. Sin esa pieza tendríamos que comprar una cisterna nueva, y ¿para qué, si la puso él en su día y funciona perfectamente?

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UNA MADRE EJEMPLAR

Ángela

30-9-2016

 

Paseando tranquilamente por el barrio un domingo muy reciente, pasados estos días de calor terrible que nos ha mantenido en casa, disfrutando de una temperatura maravillosa, oigo unos gritos a mi espalda. Al volverme veo a una mujer de unos treinta años, grandota, no gorda, alta, grande, llamativa por lo grande y por la melena roja, roja, roja del todo, con un niño de unos cuatro años en una mano y un perro atado a una cuerda en la otra. Los gritos que daba nos hizo volvernos a todos. PUTOS VIEJOS, VIEJOS DE MIERDA. Se dirigía de esta manera brutal a una pareja mayor que iba detrás de ella. Insistía a voz en grito: PUTOS VIEJOS, TENÍAIS QUE ESTAR EN UNA RESIDENCIA, VIEJOS DE MIERDA. Los señores en un momento dado giraron por una calle a la izquierda, pero eso no desanimó a la bestia. PUTOS VIEJOS volvió a repetir media docena de veces.

Paró un segundo en el semáforo, pero continuó su camino que era el mío, y dirigiéndose al niño, al que por cierto llevaba al galope, pobre criatura, le decía, a voz en grito: ¿HAS VISTO QUÉ SUBNORMALES SON ESOS VIEJOS? ODIAN A LOS ANIMALES. TENÍAN QUE ESTAR ENCERRADOS EN UN SITIO DONDE NO PUDIERAN SALIR NUNCA PORQUE SON MALOS.

El crío no respondió, estaría tan asustado como los viejos.

Por suponer algo, supongo que la pareja le haría algún comentario sobre el perro. No les oí una sola palabra, pero supongo que algo le dirían, quizás se había cagado el perro y ella no lo recogió, quizás le dijeron qué hartura de perros, no sé, no tengo ni idea.

En cualquier caso no se merecían una respuesta de este calibre. Me preguntaba qué diría si …

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Increíble

Dolores del Paso

16-9-2016

 

Para ella todo era increíble. Sus zapatos louboutin o sus “manolos” (más cercanos). Su vestido rojo de Valentino, con el que dejó muertas a sus amigas. Y el azul de Dior que se puso en la boda de su amigo Jaime con aquella jovencilla que estaba claro a por lo que iba. Y su casa, ay, su casa. Fantástica. Porque además de increíble todo era fantástico, maravilloso, especiaaal. Y su casa era muy especiaal. Enooorme. Decorada por ella, por supuesto, con la ayuda de Paquito, el mejor decorador del mundo, claro. Le pagó una pasta por un trabajo en el que lo fundamental era su toque, tan personal. De las otras casas, la de los Alpes, y la de Marbella no se pudo dedicar tanto por falta de tiempo. Pero también tenían su toque.

Llevaba una vida increíble. Tenis, pilates, yoga-sauna (lo que hay que sufrir en esta vida, Señor), masajes (tailandés, coreano, con piedras calientes, con barro del mar Muerto, con aloe vera, sin aloe vera). Algún que otro retoque también tenía y no lo disimulaba mucho (porque no podía, la boca se la había ido un poco a la izquierda, pero sobre todo porque se había gastado una pasta y no era cuestión de que pasara desapercibido el cambio).

Sus hijas ya estaban encarriladas. Elenita se iba a casar con el hijo del Conde de Besatierra, un chico estupendo, sin mucha pela, pero para eso su marido era consejero de no sabía cuantas empresas (no es un decir, no tenía ni idea). Y Karina estaba más o menos comprometida con el heredero de esa financiera con nombre inglés (qué coñazo, nunca se acordaba de ese nombre largo y sinuoso, con lo fácil que es decir Financiera Pepe, o si se empeñan en complicarlo Financiera Estanislao).

No paraba en todo el día. La casa le ocupaba mucho tiempo. Tenía que dedicarle horas a explicar al servicio lo que tenían que hacer, uf, que poca imaginación tienen los empleados. Ella se tenía que ocupar de todo.

Y luego el gimnasio, el teatro, los caballos, qué ajetreo. Y eso que últimamente tenía más complicado lo del ocio. A sus amigas les había dado por diseñar de todo. Maruca diseñaba joyas, Lola cojines (jajaja, tiene cojones), Alejandra tenía su línea de cosmética (Alexa, cosmética nutricional, o algo así), Romina (tenía explicación el nombre, decía, el origen de su familia era italiano, su bisabuelo por parte de madre era de Taormina, vete tu a saber, y lo que a ella le importaba) diseñaba vestidos de fiesta, Julia ropa informal, María trajes de baño. La lista en esta sección era larga.

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Un largo viaje

Dolores del Paso

 29-7-2016

Suena el despertador. Las seis. Se levanta lentamente. Le cuesta madrugar. Toda la vida madrugando y todavía no se ha acostumbrado. Se acuesta tarde, siempre lo ha hecho, por eso este momento es tan difícil.

Desayuna un café con leche y una magdalena como mucho, le cuesta comer a esas horas. Se ducha, se viste, todo lentamente. Esto no ha sido siempre así. Hasta hace un tiempo estos gestos cotidianos los hacía deprisa. Ahora ya no. Es uno de los síntomas de su desgana. Todo es lento.

Sale a la calle, coge el coche. Su trabajo la espera.

Su marido ha salido antes. Madruga más que ella, pero a él no le importa, o al menos eso parece.

Hace 30 años que viven juntos. No han tenido hijos. Pertenecen a una generación extraña que pensaba que la familia era algo inútil, aburrido, cuando no pernicioso porque coartaba su libertad. Es mucho decir lo de generación, eso creía ella, pero en realidad la mayoría de sus amigas tenían hijos. Ya casi en la cuarentena, se quedaron prácticamente embarazadas todas a la vez. Ahora tenían que lidiar con hijos adolescentes, lo cual no era muy envidiable.

En fin, ya está en la calle. Se dirige al mismo sitio desde hace 20 años. Al principio cambió varias veces de trabajo pero desde que llegó a esta empresa no se ha movido.

No es un trabajo difícil. Una pequeña editorial. Edita libros de historia. Selecciona los libros, los corrige y si es el caso, los traduce del francés o del inglés. Hace años era interesante, ahora es simplemente un trabajo. Un trabajo cómodo.

La gente es llevadera. No ha tenido grandes conflictos con los jefes ni con los compañeros.

Nada especial.

Esta mañana el cielo está negro. En una ciudad tan luminosa, es raro un día tan oscuro. Llueve incansablemente desde hace dos días.

La editorial está en las afueras, tiene que cruzar la ciudad y el tráfico es infernal, pero no lo lleva mal. En cuanto sube al coche pone la radio y escucha las noticias. Esta mañana prefiera escuchar música, raramente pone un CD, prefiere las emisoras musicales, así no tiene que pensar.

Según sale de la ciudad van apareciendo los chalés unifamiliares. No le gustan estas urbanizaciones, con todas las casas iguales, los mismos jardines y nadie en la calle. Son como cementerios. En uno de estos chalés está la editorial. Tiene que coger la siguiente salida de la autovía pero no lo hace, sólo tras varios kilómetros se da cuenta de que ha dejado la salida atrás. Pero sigue adelante.

Una hora, dos horas más conduciendo. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?

Ve una gasolinera y baja para echar gasolina y tomar un café. Sólo hay un par de personas.

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El día más esperado

Ángela

3-1-2016

La Navidad es mi infancia y termina el día de Reyes. Comienza bien y acaba a lo grande. Porque termina con el día más esperado del año, el día que llegaban los Reyes Magos. Y eran magos de verdad. Nos traían regalos.

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También recuerdo cómo temblábamos de frío (teníamos una cocina de carbón y mucho más tarde una estufa de gas pero sólo en el pequeño comedor, que se apagaban por la noche), pero sobre todo de emoción, la emoción de recibir los primeros y únicos juguetes del año. Era difícil dormir pensando en cuándo llegarían y qué nos dejarían. No recuerdo haber pedido nada en concreto, salvo unos patines que me llegaron un poco tarde, pero algo tendríamos, seguro. Porque los más pequeños tuvimos la suerte de que las hermanas mayores que comenzaron a trabajar antes de los 14 años, cosiendo o bordando, al poco tiempo estaban trabajando en una empresa con seguridad social y todo, incluso biblioteca. Mis primeras lecturas aparte de los libros escolares fueron los libros que mis hermanas sacaban de allí. Libros de mayores, pensaba yo, ¡qué suerte la mía! Mi madre también pensaba que eran de mayores pero que eso no era una suerte, y me escondía para que no me viera leerlos. He leído Los Thibault, un libro gordo donde los haya, escondida debajo de la cama. Claro que yo me leía las hojas del periódico donde venía envuelta la comida, la carne, el pescado primero en papel de estraza y después el periódico. Lo estiraba bien y ya está. Ahora que lo pienso, ni siquiera sé si entendía algo, y muchas veces se cortaba el artículo y no sabía cómo terminaba, ¡qué rabia!, pero me daba igual, el caso era leer. Una adicción como otra cualquiera.

Pero, a lo que voy, que soy muy dispersa; la empresa regalaba a los hijos o hermanos de los trabajadores juguetes para Reyes. Uno para cada hermano. Recuerdo unos muñequitos, niño y niña sentado en un pupitre de madera, y muñecas con unos vestidos preciosos (y eso que yo no era muy de muñecas, por eso pedía los patines insistentemente), juegos de mesa…

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Aunque lo mejor de todo eran los estuches de pinturas. Como la empresa era alemana los estuches traían bolígrafos, lápices y pinturas de colores Faber Castell, las mejores del mundo, sin comparación con las Alpino a las que se les rompían la punta y no duraban nada. Eso sí que era un tesoro. Vuelvo a Proust: el olor a  nuevo de esos estuches me lleva instantáneamente a la Navidad.

Así es que todo el agradecimiento del mundo para mis hermanas mayores que no tuvieron nada de eso, que se levantaban antes de las 7 de la mañana para ir a trabajar a una fábrica 8 horas, y además se pasaban las tardes haciéndonos los vestidos con retales o deshaciendo otros para volverlos a hacer a nuestro tamaño, pero que disfrutaban al vernos tan nerviosos al romper los papeles que envolvían los regalos, casi sin acertar a hablar, ¿éste es el mío?

La Navidad es mi infancia, y mi padre y mi madre y mis hermanas mayores que trabajaron tanto y se sacrificaron para sacar una familia adelante, y mis hermanos pequeños que como yo, vivimos una infancia mejor, y disfrutamos juntos de esos momentos extraordinarios.

Ya queda poco para ese momento mágico en el que los más pequeños se pondrán nerviosos cuando nos juntemos todos para repartir los regalos que nos han dejado los Reyes Magos.

Y se acabó la Navidad.

Pero el año próximo viene por ahí.

 

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La Navidad es mi infancia

Ángela

23-12-2015

 

La Navidad es mi infancia, y comienza el día de la lotería. Ese día, me despertaba con el soniquete de los niños cantando los números y los premios. Ya estábamos en Navidad. Era algo nuevo, distinto a los otros días, y al mismo tiempo igual porque iba acompañado del aroma a café (o malta, más bien malta), que mi madre preparaba.

LaAdoraciondelospastoresAhora que todo es tan raro que hasta los reyes magos son magas, los símbolos navideños se cambian por palabras que inundan la ciudad como despecho, ira, árbol…como hace unos años, o por círculos de luces, o cuadrados o, yo que sé, cualquier cosa que borre la Navidad, sigo rememorando con nostalgia aquellos días mágicos que le daban un vuelco a la vida cotidiana.

Todo era bueno: el turrón (el duro, por supuesto), el mazapán, hasta los polvorones. Por suerte, eso se sigue manteniendo. Y las rosquillas de mi madre. ¿Qué habría escrito Marcel Proust si en vez de una madalena hubiera probado sus rosquillas? Eran lo mejor del mundo.

Porque la Navidad era mi madre haciendo las rosquillas. Cuando nos levantábamos ya tenía preparada una enorme masa dorada que movía con sus poderosas manos como si fuera mantequilla. Mientras la dejaba reposar, me encantaba meter el dedo y ver como se hundía para recomponerse cuando lo levantaba. «No toques la masa que se estropea», me decía, pero era imposible, me atraía como si fuera un faro al que dirigirme. Y el resto del día, unas les íbamos dándoles forma mientras ella las freía, y otras las pasábamos por anís y azúcar. «No os las comáis calientes, que os hacen daño». Otro imposible.

Pero sobre todo, el ambiente era lo que cambiaba. Todo era más alegre. Los villancicos sonaban por la radio, y los cantábamos cuando salíamos a pedir el aguinaldo.

Y eso que ni poníamos belén, ni árbol que ocupaban tanto sitio y costaban dinero. Recuerdo las bolitas que hacía mi hermana con papel de celofán de distintos colores y colgaba por las paredes con papel de celo. Ese era todo el adorno.

Era un trajín continuo. En Nochebuena, después de cenar, venían mis tíos, mis primos con zambombas que ellos mismos se hacían con botes de chapa y piel de conejo, panderos, panderetas cantando por toda la calle. O íbamos nosotros a sus casas. Ahora sólo oigo petardos y no sé a santo de qué. ¿Qué celebran estos chicos?

No sé cómo podía entrar tanta gente en una casa que no llegaba a cuarenta metros y en la que vivíamos nueve personas. No sólo entraban, es que cantaban y bailaban. Mis tíos cantaban muy bien, sobre todo mi tío Manuel, tan grande, tan guapo y cantando de esa manera era un espectáculo. Mi madre, mis tías bailaban y cantaban.

Los hombres bailar, bailaban poco. Mi padre no era de cantar, pero disfrutaba lo mismo …

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