La tristeza de un desahucio
Ángela
30-6-2023
La mañana comenzó rara. De repente comenzaron a llegar coches de la policía municipal, de la guardia civil, una furgoneta y un taxi del que se bajaron cuatro personas que se dirigieron a una de las casas e intentaron en vano abrir la puerta del jardín. En vista de que no se abría, sin encomendarse a dios ni a su madre, una de las mujeres ordenó a los dos hombres que se bajaron de la furgoneta que rompieran la cerradura. Una vez rota, se adentraron en el jardín. Iban decididos a romper la cerradura de la puerta de la vivienda, pero algo les llamó la atención y les invitó a parar. Había ropa tendida y en teoría esa vivienda debía estar vacía. Los dueños de la casa, que no estaban en esos momentos, se libraron por los pelos de ver ultrajada su vivienda por esos señores. Tras alguna llamada, todos los visitantes no deseados salieron inmediatamente. Se habían confundido de vivienda. Si hubieran hecho su trabajo como debían, se habrían ahorrado romper la cerradura para entrar de forma ilegítima a una vivienda. De todo esto me enteré después, cuando me lo contaron los vecinos indignados, uno de los cuales les condujo a la casa correcta
El cortejo venía desde el fondo de la calle. No sabía quiénes eran pero como les acompañaba el vecino que hasta las últimas elecciones había sido teniente de alcalde, supuse que eran los nuevos empleados del Ayuntamiento. Iban charlando animadamente; les oí comentar que se habían confundido, pero no era culpa suya. Dieron la vuelta a la esquina y se pararon en una vivienda de la calle de atrás en la que, en ese momento, no estaban los …





llegar a la barra, me pregunta: ¿qué te pongo, cariño”. Una cerveza y un pincho de tortilla, por favor. “Ahora mismo, cariño”. A esas alturas, ya estaba desconcertada con tanto cariño. Busco con la mirada una mesa y la camarera, solícita: “¿quieres sentarte, cariño?” Y me conduce a la mesa libre más cercana. “Ahora te lo traigo, cariño”. En ese momento empecé a pensar en una cámara oculta. No puede ser, me decía para mí. Antes de sentarme a la mesa me había llamado cariño media docena de veces. Al momento, viene otra camarera, “aquí tienes cariño”. ¡Era una conspiración! Al pagar: gracias cariño: al traer las vuelas: “aquí tienes cariño” y cuando voy a salir por la puerta, las dos al unísono: “adiós cariño”. Me veía a mí misma con la cara Josema Yuste en Encarna de noche pasando del desconcierto a la estupefacción.