Poemas

Miguel Hernández

(30 de octubre de 1910, Orihuela – 28 de marzo de 1942, Alicante)

 

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LAS DESIERTAS ABARCAS (POR EL CINCO DE ENERO)

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraba los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.
Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

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Jacobo Rauskin

(13 de diciembre de 1941, Villarrica, Paraguay)

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Un cuento antiguo

Los vecinos del frío en el invierno,
los de costumbre, los de siempre,
tendidos en la acera, duermen.
Se cuida el pie de tropezar con ellos.
El cierzo, no la aurora,
vendrá por esa calle a despertarlos.
Sale, por un portón, una lenta,
lentísima figura de humo.
Es un embajador del fuego.
Trae, con las palabras del caso,
el muy gentil saludo de una llama
a los hombres dormidos en la acera.
Es la noche más fría del año.

Es el frío más largo en muchos años.
Es un cuento mil veces contado, pero,
cuando menos, nos hace pensar.
Pensar en leña, en brasas,
en ceniza y en el portón entreabierto
por donde sale una figura de humo.
Tarda en llegar la aurora.
Brilla la escarcha donde se oculta el fuego.

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Carlos Murciano

(Arcos de la Frontera en 1931)

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BALADILLA DEL POSADERO DE BELÉN

Tan cerca como le tuve
y dejé que se me fuera.
Malhaya la posadera.

Y eso que les vi la luz
nimbando sus sienes, pero…
Malahaya sea el posadero.

Malhaya la posadera
que me dijera que no
abriera. Malhaya yo.

Malahaya yo que les vi
la luz y no les retuve.
Tan cerca como le tuve.

Y ahora tan lejos, temblando
sobre el heno y la retama.
Malhaya mi blanda cama.

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Isabel Bono

(Málaga, 1964)

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BUSCANDO CIERTA OSCURIDAD

desde dentro de un armario

cerrados los ojos

escuchaba la risa de mi madre

el viento en la chimenea

el eco de un martillo

un dedal rodando bajo la cama

el crujir de la madera bajo mis muslos

palabras que se perdían

y me buscaban

los sonidos, cualquiera

siempre encontraron un lugar donde vivir

a mi lado

ahora no sé qué fue del silencio,

si alguna vez lo hubo

 

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Jaime Sabines

(25 de mar. de 1926 · Tuxtla Gutiérrez, México – 19 de mar. de 1999 · Ciudad de México, México)

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LOS AMOROSOS

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

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CARMEN BULZAN

(13 de junio de 1953, Drobeta Turnu Severin, Rumania)

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REDEFINIENDO EL AMOR

                   A Francisco de Quevedo

Eres sueño y ardor,

egoísmo en amor,

eres afán y repaso

orden en caos,

eres dolor y alegría,

presente en lejanía,

eres esperanza y certidumbre,

abismo en cumbre,

eres coraje y piedad,

cálculo en generosidad,

eres quemadura y bálsamo,

cuco en nido de álamo,

eres pimienta y sal,

una gota en mar,

eres pequeño y esplendor,

niño en el viejo Amor. …

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Julia de Burgos

(Carolina, Puerto Rico, en 1914- Nueva York, 1953)

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El mar y tú

La carrera del mar sobre mi puerta
es sensación azul entre mis dedos,
y tu salto impetuoso por mi espíritu
es no menos azul, me nace eterno.

Todo el color de aurora despertada
el mar y tú lo nadan a mi encuentro,
y en locura de amarme hasta el naufragio
van rompiendo los puertos y los remos.

¡Si tuviera yo un barco de gaviotas,
para sólo un instante detenerlos,
y gritarle mi voz a que se batan
en un sencillo duelo de misterio!

Que uno en el otro encuentren su voz propia,

que entrelacen sus sueños en el viento,
que se ciñan estrellas en los ojos
para que den, unidos, sus destellos.

Que sea un duelo de música en el aire
las magnolias abiertas de sus besos,
que las olas se vistan de pasiones
y la pasión se vista de veleros.

Todo el color de aurora despertada
el mar y tú lo estiren en un sueño
que se lleve mi barco de gaviotas
y me deje en el agua de dos cielos.

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Jesús Lizano

(Barcelona, 23 de febrero de 1931-25 de mayo de 2015)

He elegido este poema, como podría haber elegido cualquier otro de Jesús Lizano, como  Las personas curvas que recita el mismo autor (Ángela, 31-10-2018)

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Homenaje a Quevedo

 No he de callar por más que con el dedo
-¡ese dedo que apunta y acongoja
y que me tienta y hurga! ¡ah, carne floja!-
me atenacen la voz como a Quevedo.

Nadie como él nos descifró el enredo:
que la vida era ciega, sorda y coja
y que otra voz del sueño nos arroja:
la voz del culo que llamamos pedo.

¡Ah, chupado, roedor, prensil, taimado,
oler humano, olfatear divino
-érase un hombre a una nariz pegado…

Que dijiste del hombre peregrino
polvo serás mas polvo enamorado
por salvar de la nada su camino

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Fray Luis de León

Belmonte (Cuenca), 1527 – Madrigal de las Altas Torres, Ávila, 23 de agosto de 1591)

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Amor casi de un vuelo

Amor casi de un vuelo me ha encumbrado
adonde no llegó ni el pensamiento;
mas toda esta grandeza de contento
me turba, y entristece este cuidado,

que temo que no venga derrocado
al suelo por faltarle fundamento;
que lo que en breve sube en alto asiento,
suele desfallecer apresurado.

mas luego me consuela y asegura
el ver que soy, señora ilustre, obra
de vuestra sola gracia, y que en vos fío:

porque conservaréis vuestra hechura,
mis faltas supliréis con vuestra sobra,
y vuestro bien hará durable el mío

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Krisma Mancía

(San Salvador, El Salvador, 1980)

KrismaMancia

 

 

 

 

 

 

 

 

He buscado a Dios en las camas de los hospitales

He buscado a Dios en las camas de los hospitales,
en la celda de los locos con flores en la boca,
en mi casa desabrigada,
sin pájaros,
que sólo me sirve para dormir,
en todos los estados del agua,
en los bares que bostezan amaneceres,
en las bolsas de plástico que el viento hace volar hacia los balcones
para besar las antiguas ventanas de un palacio de arena
que nunca tuvo una princesa.
Juro que he buscado a Dios y Dios no tiene dueño, ni vísceras, ni pañuelos.
No viaja en el autobús,
no hace fila en un dormitorio público,
no sabe caer, caer, caer con el cuello fugitivo
en el lodo, en el frío, en la oscuridad.

Me han hablado de un Dios hecho de misericordia,
sin embargo no creo en ese padre que golpea a su hijo
por descubrirle caramelos bajo su almohada;
el que mutila los brazos de las mujeres infieles; aquel
que nos habla de amor
mientras nos amenaza con castigarnos en el purgatorio;
el juez implacable
que nos prohíbe leer las letras minúsculas de su contrato de vida eterna.
Me han dicho que Dios se encuentra en todas partes.
Me hablan de él como si existiera,
pero no está en los bolsillos de mi corazón
que es la piedra en la que tropiezo latido por latido.
No tengo tiempo para llorar su pequeñez.
No tengo tiempo para esperarlo.
Mi vida es corta como un suspiro
y todos crecemos rectos o torcidos
a la sombra de los astros
y sé que el fuego no es sagrado, sólo quema cuando se le enoja,
que los cuchillos no hieren porque sólo fueron inventados para cortar el pan,
que en la boca tenemos el infierno y la epidermis del paraíso.
Un paraíso donde una hoja seca con su textura añeja, con su música de quejidos,
puede ser estrangulada por la mano de un niño
y morir en paz
convertida en polvo.

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