Alberto Durero
(Núremberg, 1471-1528)
Creo que desde que visité el Museo del Prado por primera vez, o mejor dicho, desde que lo visité con intención de entender, de apreciar la belleza, hay una serie de cuadros que no he dejado de ver en cada ocasión. Uno de estos cuadros es el autorretrato que Alberto Durero realizó en 1498. Supongo que, entonces como ahora, me llamó la atención la belleza del personaje. Un tipo guapo, atractivo. Me pregunto si él mismo se daba cuenta de su belleza y quiso dejar constancia de ello para la historia, o quería dejar constancia de la calidad de pintura, de su arte, a través de su imagen. No sé por qué lo haría, pero lo cierto es que todavía, siglos después, muchas personas nos paramos delante de su retrato para ver cómo nos observa este joven apuesto, elegante, fuerte, con gesto tranquilo, mirada inteligente y profunda. La forma de presentarse ante nosotros es la alguien seguro de sí mismo, de su fortaleza, tan más espiritual como física. Una persona equilibrada.
En cierto modo nos hace reflexionar sobre nosotros mismos. ¿Tenemos alguna de esas cualidades? ¿Estamos seguros de nosotros mismos, o disfrazamos el miedo con soberbia? El plural es una manera de hablar, en realidad puede que esas preguntas sólo me las haga yo. En fin, éste es uno de mis cuadros preferido, a lo mejor también de alguno de vosotros
Alberto Durero. Autoretrato
1498. Museo del Prado





Traducido por Fabio:
“Cuando Leila y yo nos imaginábamos, a mediados de la década de los ochenta, la historia titulada en francés La Main de l´Homme (La mano del hombre), queríamos rendirle un homenaje al trabajo. Para explicarme volveré a la economía. Todo producto resulta de la combinación de materia prima, capital y trabajo. Al profundizar en el análisis, nos damos cuenta de que, de estos tres factores, el trabajo es el más importante. Tomemos el ejemplo de los indios de la Amazonía cuya vida se parece a la nuestra de hace 5.000 o 10.000 años: saben ahumar pescado. El ahumado más o menos industrial del pescado que se vende actualmente en los supermercados deriva de esta experiencia ancestral. La tecnología ha permitido la mecanización del trabajo manual sin el que ésta no existiría. En cuanto al dinero, materializa el trabajo humano que se ha convertido en propiedad del capital. Sin duda, durante el proceso de producción el trabajo es el componente más importante. Concebía una serie de reportajes destinados a hacer un homenaje al trabajo y a los trabajadores. Durante los cinco años que le dediqué, nadie se negó a ser fotografiado en su actividad. Mostré así un mundo productivo en acción. Un mundo que estaba desapareciendo.
Entre 1986 y 1991, con el apoyo de un grupo de redactores jefe –principalmente Roger Thérond de París Match y Alberto Anaut de El País- y de la agencia Magnum a la que aún pertenecía, hice unos 40 reportajes en 25 países. Muy pocos en Europa, ya que en la década de los ochenta empezaba la deslocalización de muchas de sus industrias: sectores enteros desparecieron de nuestro entorno, como la metalurgia en Lorena. Las industrias europeas fueron trasladadas llave en mano a China, Brasil, Indonesia, la India… Me gustó mucho esta época de mi vida …
Bien, es primera vez que escribo en el Vadeversos así que no sé si lo estoy haciendo bien. Pero haciéndolo me enteraré. Con vuestra ayuda…




