La Navidad es mi infancia
Ángela
La Navidad es mi infancia, y comienza el día de la lotería. Ese día, me despertaba con el soniquete de los niños cantando los números y los premios. Ya estábamos en Navidad. Era algo nuevo, distinto a los otros días, y al mismo tiempo igual porque iba acompañado del aroma a café (o malta, más bien malta), que mi madre preparaba.
Ahora que todo es tan raro que hasta los reyes magos son magas, los símbolos navideños se cambian por palabras que inundan la ciudad como despecho, ira, árbol…como hace unos años, o por círculos de luces, o cuadrados o, yo que sé, cualquier cosa que borre la Navidad, sigo rememorando con nostalgia aquellos días mágicos que le daban un vuelco a la vida cotidiana.
Todo era bueno: el turrón (el duro, por supuesto), el mazapán, hasta los polvorones. Por suerte, eso se sigue manteniendo. Y las rosquillas de mi madre. ¿Qué habría escrito Marcel Proust si en vez de una madalena hubiera probado sus rosquillas? Eran lo mejor del mundo.
Porque la Navidad era mi madre haciendo las rosquillas. Cuando nos levantábamos ya tenía preparada una enorme masa dorada que movía con sus poderosas manos como si fuera mantequilla. Mientras la dejaba reposar, me encantaba meter el dedo y ver como se hundía para recomponerse cuando lo levantaba. «No toques la masa que se estropea», me decía, pero era imposible, me atraía como si fuera un faro al que dirigirme. Y el resto del día, unas les íbamos dándoles forma mientras ella las freía, y otras las pasábamos por anís y azúcar. «No os las comáis calientes, que os hacen daño». Otro imposible.
Pero sobre todo, el ambiente era lo que cambiaba. Todo era más alegre. Los villancicos sonaban por la radio, y los cantábamos cuando salíamos a pedir el aguinaldo.
Y eso que ni poníamos belén, ni árbol que ocupaban tanto sitio y costaban dinero. Recuerdo las bolitas que hacía mi hermana con papel de celofán de distintos colores y colgaba por las paredes con papel de celo. Ese era todo el adorno.
Era un trajín continuo. En Nochebuena, después de cenar, venían mis tíos, mis primos con zambombas que ellos mismos se hacían con botes de chapa y piel de conejo, panderos, panderetas cantando por toda la calle. O íbamos nosotros a sus casas. Ahora sólo oigo petardos y no sé a santo de qué. ¿Qué celebran estos chicos?
No sé cómo podía entrar tanta gente en una casa que no llegaba a cuarenta metros y en la que vivíamos nueve personas. No sólo entraban, es que cantaban y bailaban. Mis tíos cantaban muy bien, sobre todo mi tío Manuel, tan grande, tan guapo y cantando de esa manera era un espectáculo. Mi madre, mis tías bailaban y cantaban.
Los hombres bailar, bailaban poco. Mi padre no era de cantar, pero disfrutaba lo mismo …
La Navidad es mi infanciaLeer más »