Fernando Arrabal

Carta a los dictadores cubanos

Alberto Reyes Pías

Hace más de cuarenta años de la publicación de la Carta a Fidel Castro de Fernando Arrabal en la que el escritor denunciaba la situación en que la dictadura mantenía al pueblo cubano. Cuarenta años han pasado de la carta y casi setenta de la toma del poder por Fidel Castro y sus secuaces, y ahí sigue todavía, muerto Fidel, la dictadura cubana con su maquinaria criminal funcionando al máximo y los ciudadanos cubanos sufriendo cada día más penalidades. En el transcurso de estos años siempre ha habido gente dispuesta a enfrentarse a la dictadura, con muy poco resultado hasta el momento, pero aun así muchos ciudadanos no se conforman con esta dictadura brutal que no sólo no ha mejorado la vida de los trabajadores, sino que la ha empeorado hasta el punto en que la mayoría de la población se encuentra prácticamente en la miseria.

Una de estas voces contra la dictadura es la de Alberto Reyes Pías, sacerdote diocesano (no perteneciente a ninguna congregación; vamos, que no es jesuita) párroco de Esmeralda de la Archidiócesis de Camagüey. Su denuncia contra las condiciones de vida en Cuba, contra la represión del gobierno es constante, y por ello es perseguido por el gobierno. Pero no ceja en su denuncia a través de su podcast “He estado pensando…”,

Alberto Reyes ha escrito otra carta, cuarenta años después de la de Arrabal, a los dictadores cubanos, a la Cúpula Dictatorial Castrista, como bien la definen en la página La Tijera donde fue publicada el 7 de octubre de 2024:

«He estado pensando en qué decir a los que gobiernan mi país. Mucha gente ha pedido a nuestros gobernantes que hagan algo por sacar a Cuba de la crisis generalizada en la que se encuentra. Yo sigo pensando que soy una voz en el desierto, pero soy una voz, y desde este desierto donde parece que nadie escucha, quiero también hoy dirigir mi voz a los que gobiernan esta isla.

No puedo predecir cómo se interpretarán mis palabras, pero quiero decirlas con total serenidad. Mis palabras no son un grito de violencia, no son un desahogo agresivo. Son simplemente la expresión de mi sentir más sereno y más hondo, y desde allí quiero decir sólo esto: Váyanse, por favor, váyanse.

Ustedes no van a reflotar este país, ustedes no van a remediar la falta de combustible, ni la precariedad de las termoeléctricas, ni van a devolvernos una vida sin apagones continuados.

Ustedes no van a solucionar el hambre de este pueblo, ni van a lograr que los días dejen de ser una lucha continua por la supervivencia. Ustedes no van a resolver el problema monetario, ni la inflación, ni la vida miserable de la gente.

Ustedes no van a garantizar nunca la salud de la población, ni el acceso a los medicamentos necesarios. Ustedes no son capaces de impedir el deterioro de los enfermos crónicos, ni las muertes por la escasez de insumos básicos.

Ustedes no pueden reparar el daño educacional de esta tierra, el deterioro del sistema educativo, la falta de maestros competentes, y en muchos casos ni siquiera la falta de maestros.

Ustedes no son capaces de frenar la emigración galopante e imparable de este pueblo, no pueden evitar que Cuba siga siendo una isla en fuga, que deja tras de sí la pérdida de sus jóvenes y el envejecimiento del país, rupturas familiares con heridas que no sanarán nunca, la soledad de padres y abuelos, la pérdida de aquellos que hubieran podido construir aquí un país próspero.

Ustedes ya no serán nunca el signo de la esperanza, del porvenir deseable, de la ilusión que lleva a entregar la vida.

Y no pueden, porque ya no tienen un proyecto de nación. Anclados en el control del poder, han convertido a esta isla en un barco sin rumbo, donde ya nadie sabe a dónde va, donde la vida es cada vez más incierta, donde todo se apaga y se muere.

Por eso, por favor, váyanse, tomen todo lo que quieran y abandonen este país para siempre.

Y háganlo antes de que, de algún modo, las cosas cambien y puedan ser juzgados, acusados de crímenes de lesa humanidad, porque lo que han hecho y están haciendo con este pueblo es un genocidio silente.

Váyanse, antes de que este pueblo llegue al final de su aguante y se levante con furia incontenible, y consume el final de este sistema arrasando a sangre y fuego todo lo que encuentre a su paso.

Porque cada día sin luz, sin agua, sin comida, cada día con los alimentos de los hijos echados a perder, con la escasez omnipresente y las ansias de libertad rotas, son un llamado que ustedes hacen a la violencia más ciega y desmedida.

Se los suplico, váyanse. Vivan donde quieran y puedan hacerlo, para que también nosotros podamos vivir».

Alberto Reyes Pía, sacerdote.

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Fernando Arrabal o la ternura

Angela

10-6-2022

 

Es el año 2016. Fernando Arrabal, su mujer Luce Moreau y su hija Lelia entran en el Ateneo de Madrid donde le van a hacer entrega del Premio Faro de la Casa de Melilla. Los tres son acompañados por un grupo de personas hasta la sala de actos. Fernando Arrabal con un anorak naranja y sus dos pares de gafas, aparece tímido, dejándose llevar. Su mujer Luce es una viejecita tímida también y sonriente. Su hija Lelia, vestida como podría ir al mercado, en la mano lleva una bolsa de plástico a modo de bolso, parece casi hasta asustada rodeada de gente. Es enternecedora esta familia. Dan ganas de abrazarlos. (Ver vídeo)

FernandoArrabalEl gran Fernando Arrabal parece un niño perdido. Es como si se sintiera desprotegido por la pérdida de su padre, tantos años atrás que suponen una vida entera. El desamparo del huérfano.

Toda su vida buscando al padre, del cual sólo guarda como recuerdo unas piernas que pasean junto a ese niño que él era paseando por la playa en Melilla. “Un hombre enterró mis pies en la arena. Era en la playa de Melilla. Recuerdo sus manos junto a mis piernas y la arena de la playa. Aquel día, hacía sol, lo recuerdo”.

Ni siquiera una imagen en una foto. Todas las fotos de la casa familiar en las que se supone estaba el padre, están cortadas.

Lo cuenta en Baal Babilonia. La casa de la madre, siempre en penumbra. Nunca le habló de su padre. Le dijeron que estaba muerto, hasta que él encuentra documentos en los que descubre que su padre, el teniente Fernando Arrabal, había sido arrestado por no unirse al golpe militar de Franco cuando estaba en Melilla. Condenado a muerte, le conmutaron la pena por la cárcel. Tras unos años deciden soltarlo y lo único que le piden a su mujer es una dirección donde se supone podría vivir. La mujer se negó …

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Fernando Arrabal

(Melilla, 11 de agosto de 1932)

 

FernandoArrabal

 

 

 

 

 

 

 

 

Noche de boda

… le dijo que él es sol y ella la luna,

que él es el cubo y ella la esfera,

que él es el oro y ella la plata.

De todo su cuerpo salían llamas

y de todos los poros del suyo lluvia.

Al abrazarse la llama de él se mezcló con su lluvia

y se formaron infinitos arcoíris.

Y fue entonces cuando ella le enseñó

que él es el fuego y ella el agua.

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