pena de muerte

Los fusilables

Ángela

10-4-02026

En una ocasión charlando con amigos salió el tema de la pena de muerte. Yo dije lo que pensaba antes y ahora: «estoy en contra de la pena de muerte, pero…» En ese momento, sin dejar que terminara la frase, uno de los contertulios me cortó diciendo: “pero… Muchos de los que decís que estáis en contra de la pena de muerte, siempre tenéis algún pero que os hace estar a favor”. Conseguí terminar mi frase: “estoy en contra porque mis principios morales me impiden estar a favor. Pero, creo que muchos se la merecen”.

Yo podía haber sacado a colación una conversación con un gran amigo, un viejo anarquista, comisario del ejército republicano en la guerra civil del 36, al que el contertulio conocía por sus libros. Conversando con este viejo amigo me contó que en la guerra a los que robaban comida o las botas, lo que fuera, los fusilaban. Yo me quedé atónita. ¿Fusilarlos por unas simples botas? “Unas botas le pueden costar la vida a un soldado”, respondió. “Sin botas no puede caminar, se quedaría atrás». Ese motivo ya era suficiente, pero había más: si no lo mandaban fusilar los mandos, lo matarían sus propios compañeros. Se producirían graves problemas de indisciplina, y en el frente no se podían consentir actos violentos entre los soldados. Podría acabar en una revuelta difícil de sofocar.

No quise contarle esta anécdota al contertulio porque se le podrían cruzar los cables. Un tipo al que admiraba pensaba que ejecutar a una persona por unas botas era no sólo admisible, sino inevitable.

La pena de muerte es un tema siempre conflictivo. Acabar con la vida de otra persona no es fácil, por mucho daño que haya hecho. Salvo, que el daño te lo haya hecho a ti. Si el niño al que han matado es el tuyo, matarías con tus propias manos al asesino. Es muy fácil hablar de cualquier tema (no sólo de la pena de muerte), que no nos afecta. Es fácil hablar de lo que se debe o no debe hacer cuando no somos los afectados. Cuando nos afecta directamente, cambia radicalmente nuestra visión.

¿Qué hacemos con los monstruos? Porque los monstruos existen.

Hace unos días, una pareja, un hombre de 42 años y una mujer de 43, fueron detenidos en Barcelona por los delitos de maltrato habitual, lesiones muy graves y agresión sexual ¡sobre su hijo de poco más de un mes! La criatura sufrió graves heridas debido a los golpes e incluso una violación. Los investigadores señalan que el maltrato ha sido continuado. El niño ha sido maltratado desde el mismo día de su nacimiento. ¿Cómo es posible algo así? Es posible porque los monstruos existen. Esa monstruosa pareja ha tenido un hijo para torturarlo.

En Inglaterra, en la ciudad de Blackpool, un niño de apenas 13 meses de edad, acogido en adopción por una pareja gay, fue violado hasta la muerte. Estos tipos habían adoptado al niño para violarlo. Son monstruos de apariencia normal. Uno de los asesinos había sido profesor.

En Delaware, Estados Unidos, el pediatra Earl Bradley violó y abusó sexualmente de 103 niños, incluyendo bebés de tan solo tres meses. El tipo se filmó a sí mismo cometiendo los repugnantes ataques con cámaras ocultas. Se descubrieron más de 13 horas grabaciones de vídeo. Obligaba a los niños, aterrorizados, a realizarle actos sexuales, abusaba de ellos repetidamente y, en ocasiones, abusaba del mismo niño durante meses o incluso años.

La información que va saliendo de los papeles de Epstein da cuenta de la gran cantidad de sádicos torturadores de niños que nos rodean.

Entre esos monstruos podemos encontrar a José Bretón que asesinó a sus hijos y los quemó, o y David Oubel que asesinó a sus hijas de 9 y 4 años con una radial y un cuchillo. A los dos se les ha aplicado la prisión permanente revisable. Esperemos que no salgan nunca.

Estos son sólo algunos ejemplos de asesinatos cometidos por monstruos; hay muchísimos más, hombres y mujeres.

Los asesinados de forma terrible no son solamente niños, son personas de todas las edades, pero el caso de los niños nos duele especialmente.

Así es que, sí, estoy en contra de la pena de muerte porque mi moral no me permite estar a favor; pero si mi moral fuera la misma que la de los asesinos, pediría la pena de muerte en estos casos tan horribles. Todos estos sádicos son fusilables.

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NO matarás, y si matas…

Ángela

15-7-2022

 

Cuando era pequeña me llamaban la atención los 10 Mandamientos. Pensaba en cuánta violencia habría antes como para que tuvieran que sacar una ley en la que decían que no se podía matar, ni robar, ni levantar falso testimonio… en fin, cosas que, evidentemente, no se pueden hacer. Con el tiempo me di cuenta de que para mucha gente no era tan evidente que no se pudiera matar. Porque hay gente que mata.

10mandamientosYo creo que no hay que matar; por eso, por mis principios morales, estoy en contra de la pena de muerte. Pero el que mata no tiene los mismos principios morales que yo, según ellos sí se puede matar, de hecho, matan; entonces los que matan tienen que admitir que si ellos pueden matar, los demás también pueden matarlos a ellos.

Que yo esté en contra de la pena de muerte, no quiere decir que no piense que hay gente que se merece la muerte. Muchos se la merecen. Todos los que matan impunemente.

Se merece la muerte el tipo que el 8 de mayo de 1999 asesinó a una joven, casi una niña, de 20 años. Apareció muerta en Torrejón de Ardoz, Madrid. La cosieron a puñaladas, 39 encontraron en su frágil cuerpo los forenses. Había salido de fiesta con sus amigos, y no volvió a casa. Por el ensañamiento estaba claro para la policía que el asesino tenía que ser una persona muy cercana a ella. Había dos sospechosos: su novio con el que discutió esa misma noche y que por ese motivo la dejó sola en mitad de la noche (o eso alegó), y un joven con el que había salido anteriormente.

¿Por qué pienso en este caso concretamente con todos los que hay? Porque conocía a la joven desde pequeñita cuando venía a ver a su abuela y jugaba en la calle con sus hermanos. Una niña delgadita, con un pelo negro precioso, alegre y vivaracha. Porque conocía a toda su familia desde que nací, desde que nacimos, su padre unos tres años después que yo, su hermana el mismo año que yo. Y nos seguimos viendo cuando iba, una vez a la semana, a veces, diariamente, con sus hijos a ver a la abuela y a los tíos. La última imagen que tengo de ella es el de una adolescente, porque seguía siendo delgadita, frágil, con su melena negra como el azabache.

Y de repente, el horror. Nunca se me olvidará cuando entrando al tanatorio su padre se dirige hacia mí y nos fundimos en un abrazo; el pobre sin dejar de llorar repetía incesantemente “me han matado a mi niña, me han matado a mi niña, me han matado a mi niña. ¿Cómo olvidar ese momento? Lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo. Estábamos todos …

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