Dolores del Paso

El juego

1-2-2019

Dolores del Paso

 

A pesar de la lluvia que cae rítmicamente desde primera hora de la tarde, ha cogido el coche para darse un paseo. De vez en cuando le gusta conducir sin rumbo, por el placer de conducir. No está sola. En el asiento de atrás se remueve un poco Merlín, su perrito miniatura, hasta que se acomoda y duerme plácidamente. Por las calles cercanas la gente se mueve de un lado para otro, grupos de jóvenes que cambian de local, parejas mayores que salen de cenar, o del teatro, o del cine, incluso algunos ancianos que se recogen tarde. Según va alejándose del centro, las calles se ven cada vez más vacías. Callejea tranquilamente, sin prisa, pero no quiere quedarse por allí, se dirige hacia la M40 dónde puede conducir más libremente, sin semáforos, sin cruces. Cuando se incorpora a la M40 el tráfico es fluido; todavía circulan coches de los que vuelven a casa en los barrios o en los pueblos limítrofes. Circulan deprisa, tienen ganas de llegar a casa, ponerse el pijama y sentarse a ver la tele un rato antes de ir a dormir. Es jueves, así es que no quedarán muchos dentro de un rato, mañana hay que trabajar. Ella no tiene prisa, se coloca en el carril derecho y se centra en la música …

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Dolores del Paso

27- 9- 2018

Un camino largo y desolado

Paula

Cuando se conocieron Paula era muy joven, por eso María le parecía bastante mayor, pero quizás tuviera unos 40 años y un marido de 65, que más bien parecía su padre. Una pareja rara, pensó Paula, por esa diferencia de edad tan exagerada. Vivían bien en París. Él era periodista en un diario importante. Ella no trabajaba, o mejor dicho, su trabajo era ocuparse de él. A él le gustaba salir poco, y tras jubilarse, nada. Se dedicaba en cuerpo y alma a la investigación de temas políticos y a la escritura pero tenían algunos amigos que iban a visitarlos a menudo, o recibían visitas de jóvenes interesados en conseguir información sobre los temas que él investigaba. Paula y María se veían una o dos veces al año en París, y después en una ciudad al sur, junto al mar. Paula nunca le preguntó por su vida, pero sabía que venía de Sudamérica y que había llegado muy joven a París. Poco más. No tiene por costumbre preguntar nada sobre la vida de la gente, ni siquiera de los amigos más cercanos; ellos contarán lo que quieran. Apreciaba a María, era una mujer vital y con mucho genio, parlanchina, vehemente; podía ser cortante si algo no le gustaba.

Cuando iba a verlos lo hacía acompañada de Luis y Marta, amigos comunes, también más mayores. Siempre se hablaba de política en aquellas reuniones, de la guerra, de la dictadura, pero también de lo que ocurría en el momento, sobre todo en España. España era el tema central entre los exiliados. María sobre estos temas hablaba poco, en realidad sólo para cortar la conversación cuando se iba de las manos, ya que su marido era aún más vehemente que ella. Todos los amigos habían llevado una vida bastante ajetreada, habían vivido peligrosamente durante el franquismo, por eso vivían en París o en el sur de Francia, muy cerca de la frontera.

Pasaban los años y María seguía con su vitalidad y su genio. La penúltima vez que Paula la vio todavía vivía su marido. Estaban conversando en el salón de su casa y en un momento dado entraron las tres amigas en el dormitorio. María quería mostrarles algo. En una estantería llena de libros, como toda la casa, vio la foto de un niño, un bebé. Era una pequeña foto en blanco y negro.

-¡Qué niño tan bonito!, comentó Paula

-Es mi hijo, respondió María.

– ¿A sí, tienes un hijo? No tenía ni idea.

 – Murió poco tiempo después de esa foto. …

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Increíble

Dolores del Paso

16-9-2016

 

Para ella todo era increíble. Sus zapatos louboutin o sus “manolos” (más cercanos). Su vestido rojo de Valentino, con el que dejó muertas a sus amigas. Y el azul de Dior que se puso en la boda de su amigo Jaime con aquella jovencilla que estaba claro a por lo que iba. Y su casa, ay, su casa. Fantástica. Porque además de increíble todo era fantástico, maravilloso, especiaaal. Y su casa era muy especiaal. Enooorme. Decorada por ella, por supuesto, con la ayuda de Paquito, el mejor decorador del mundo, claro. Le pagó una pasta por un trabajo en el que lo fundamental era su toque, tan personal. De las otras casas, la de los Alpes, y la de Marbella no se pudo dedicar tanto por falta de tiempo. Pero también tenían su toque.

Llevaba una vida increíble. Tenis, pilates, yoga-sauna (lo que hay que sufrir en esta vida, Señor), masajes (tailandés, coreano, con piedras calientes, con barro del mar Muerto, con aloe vera, sin aloe vera). Algún que otro retoque también tenía y no lo disimulaba mucho (porque no podía, la boca se la había ido un poco a la izquierda, pero sobre todo porque se había gastado una pasta y no era cuestión de que pasara desapercibido el cambio).

Sus hijas ya estaban encarriladas. Elenita se iba a casar con el hijo del Conde de Besatierra, un chico estupendo, sin mucha pela, pero para eso su marido era consejero de no sabía cuantas empresas (no es un decir, no tenía ni idea). Y Karina estaba más o menos comprometida con el heredero de esa financiera con nombre inglés (qué coñazo, nunca se acordaba de ese nombre largo y sinuoso, con lo fácil que es decir Financiera Pepe, o si se empeñan en complicarlo Financiera Estanislao).

No paraba en todo el día. La casa le ocupaba mucho tiempo. Tenía que dedicarle horas a explicar al servicio lo que tenían que hacer, uf, que poca imaginación tienen los empleados. Ella se tenía que ocupar de todo.

Y luego el gimnasio, el teatro, los caballos, qué ajetreo. Y eso que últimamente tenía más complicado lo del ocio. A sus amigas les había dado por diseñar de todo. Maruca diseñaba joyas, Lola cojines (jajaja, tiene cojones), Alejandra tenía su línea de cosmética (Alexa, cosmética nutricional, o algo así), Romina (tenía explicación el nombre, decía, el origen de su familia era italiano, su bisabuelo por parte de madre era de Taormina, vete tu a saber, y lo que a ella le importaba) diseñaba vestidos de fiesta, Julia ropa informal, María trajes de baño. La lista en esta sección era larga.

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Un largo viaje

Dolores del Paso

 29-7-2016

Suena el despertador. Las seis. Se levanta lentamente. Le cuesta madrugar. Toda la vida madrugando y todavía no se ha acostumbrado. Se acuesta tarde, siempre lo ha hecho, por eso este momento es tan difícil.

Desayuna un café con leche y una magdalena como mucho, le cuesta comer a esas horas. Se ducha, se viste, todo lentamente. Esto no ha sido siempre así. Hasta hace un tiempo estos gestos cotidianos los hacía deprisa. Ahora ya no. Es uno de los síntomas de su desgana. Todo es lento.

Sale a la calle, coge el coche. Su trabajo la espera.

Su marido ha salido antes. Madruga más que ella, pero a él no le importa, o al menos eso parece.

Hace 30 años que viven juntos. No han tenido hijos. Pertenecen a una generación extraña que pensaba que la familia era algo inútil, aburrido, cuando no pernicioso porque coartaba su libertad. Es mucho decir lo de generación, eso creía ella, pero en realidad la mayoría de sus amigas tenían hijos. Ya casi en la cuarentena, se quedaron prácticamente embarazadas todas a la vez. Ahora tenían que lidiar con hijos adolescentes, lo cual no era muy envidiable.

En fin, ya está en la calle. Se dirige al mismo sitio desde hace 20 años. Al principio cambió varias veces de trabajo pero desde que llegó a esta empresa no se ha movido.

No es un trabajo difícil. Una pequeña editorial. Edita libros de historia. Selecciona los libros, los corrige y si es el caso, los traduce del francés o del inglés. Hace años era interesante, ahora es simplemente un trabajo. Un trabajo cómodo.

La gente es llevadera. No ha tenido grandes conflictos con los jefes ni con los compañeros.

Nada especial.

Esta mañana el cielo está negro. En una ciudad tan luminosa, es raro un día tan oscuro. Llueve incansablemente desde hace dos días.

La editorial está en las afueras, tiene que cruzar la ciudad y el tráfico es infernal, pero no lo lleva mal. En cuanto sube al coche pone la radio y escucha las noticias. Esta mañana prefiera escuchar música, raramente pone un CD, prefiere las emisoras musicales, así no tiene que pensar.

Según sale de la ciudad van apareciendo los chalés unifamiliares. No le gustan estas urbanizaciones, con todas las casas iguales, los mismos jardines y nadie en la calle. Son como cementerios. En uno de estos chalés está la editorial. Tiene que coger la siguiente salida de la autovía pero no lo hace, sólo tras varios kilómetros se da cuenta de que ha dejado la salida atrás. Pero sigue adelante.

Una hora, dos horas más conduciendo. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?

Ve una gasolinera y baja para echar gasolina y tomar un café. Sólo hay un par de personas.

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