Caras y lugares – Visages, villages
País: Francia
Año: 2017
Dirección: Agnès Varda, JR
Guion: Agnès Varda, JR
Música: Matthieu Chedid
Fotografía: Roberto De Angelis, Claire Duguet, Julia Fabry, Nicolas Guicheteau, Romain Le Bonniec, Raphaël Minnesota, Valentin Vignet
Reparto: Agnès Varda, JR

Ángela
5-10-2018
Caras y pueblos, visages, villages eso es exactamente lo que vemos en este documental. En una furgoneta con una cámara que saca fotos enormes, sus protagonistas, Agnès Vagda y JR (Jean René), van a recorrer el mundo rural francés y nos irán mostrando los paisajes y también la vida diaria en esos pueblos pequeños en los que anteriormente había estado Vagda.
En cada pueblo animan a los vecinos a hacerse una foto que luego pegarán en las fachadas de las casas y por un momento los vecinos cobrarán protagonismo. Un protagonismo efímero, claro, puesto que las fotos en papel se destruirán en no mucho tiempo, pero esta experiencia se vive como una fiesta. Se disfruta el momento.
En un pueblo abandonado desde hace años, se reunirán los habitantes de los pueblos cercanos para hacerse la foto, y pegarlas entre todos. Por un momento, el pueblo abandonado vuelve a la vida. En una granja, un hombre solo trabaja con su tractor, su cosechadora, sembradora, 800 Ha. de terreno. Él mismo nos explica que antes para trabajar 200 Ha. hacían falta cuatro hombres. Está contento, le gusta trabajar solo pero reconoce que “nos hemos vuelto más asociales”. Como recuerdo de su paso por allí quedará una foto gigantesca de este hombre solitario en la fachada de su granero. Otros personajes nos acompañarán en este paseo por la vida; pero sobre todo nos acompañará la imaginación, mucha imaginación.
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En la década de 1960 muchos trabajadores de los barrios de la periferia de Madrid pasaban las vacaciones en la Estación de Santa María de la Alameda. Llegaban en tren, pues muy pocos tenían coche, y plantaban sus tiendas de campaña al lado del río Cofio. No había que pagar nada, Las mujeres se quedaban con los niños y los hombres volvían los fines de semana. Con el tiempo algunos se hicieron sus casitas que construyeron en parcelas muy baratas, incluso regaladas. Cuando prohibieron la acampada libre, esa migración veraniega desapareció. En una de estas humildes casitas con un pequeño jardín hay una placa que indica que allí había vivido Amapola, la hija de “el ángel Rojo”. El ángel rojo se llamaba en realidad Melchor Rodríguez García, el Schindler español. Cuento esta pequeña historia porque una vez más, y son muchas, se utilizan la calumnia y la difamación para intentar destruir a las personas. Lo explica su bisnieto Rubén Buren: “Según muchos de la izquierda mi familia vivía de los millones que se había quedado Melchor, entre lo robado y lo pagado por Franco. Claro, mi bisabuela vendiendo tabaco y caramelos en una carretilla ambulante a la puerta del Metro de Tirso de Molina y mi abuela Amapola con tres hijos, su marido, su madre, en un piso de 30 metros en la calle del Amparo, mientras Melchor cumplía pena de muerte en el penal de Santa María. Millonarios…”
Huérfano de padre, tuvo que buscarse la vida desde niño con distintos oficios para ayudar a su madre a mantener a la familia e intentar sobrevivir en una situación de extrema pobreza. Se hizo novillero y desde su Sevilla natal salió para torear por esas plazas de dios, hasta que una grave cornada lo alejó del mundo del toreo, y lo acercó a Madrid donde comenzó a trabajar como chapista y enseguida pasó a militar en la CNT y luego en la FAI. Por motivo de su militancia fue detenido tantas veces que lo llamaban el Decano de la Modelo. Encarcelado más de una treintena de veces en la dictadura de Primo de Rivera y la II República, por delitos de imprenta y orden público, nunca por delitos de sangre, la atención a los presos fue una constante en su vida.
