Alejandra C
8-11-2019
Una muerte ridícula. La gallina
La suya era una casa de puertas abiertas. No había manera de mantener una cerrada, porque su perrito la perseguía por toda la casa. La puerta del dormitorio tenía que estar abierta porque el perrito dormía en la cunita al lado de su cama y por la noche se levantaba a beber agua y durante el día entraba a echarse una siestecita de vez en cuando. La de la cocina porque el perrito entraba a ver conseguía algo de comer cada vez que veía movimiento, incluso si no lo había, por si acaso había caído algo al suelo. Si entraba al baño, ahí estaba él, tumbado en la alfombrilla que utilizaba cuando salía de la ducha, pero si le caía algo de agua se iba corriendo y no era plan de salir de la ducha para abrirle la puerta. Total, que no había manera de mantener una puerta cerrada. Ya se había acostumbrado y no las cerraba nunca, ni siquiera cuando su perrito pasaba el mes correspondiente en casa de su ex marido. Eran muy civilizados, un mes en casa de cada uno. A rajatabla.
El problema eran los portazos cada vez que se abría una ventana. Unos portazos que la pillaban desprevenida y la sobresaltaban. A veces se cerraban todas a la vez y el zambombazo era estrepitoso.
Les ponía lo que pillaba para sujetarlas, pero buscaba algo bonito y buscando buscando, por fin lo encontró. En un mercadillo vendía una señora animalitos de tela rellenos de arena hechos justo para eso. Le gustaron las gallinas. Las ocas eran demasiado altas. Se fue tan contenta a su casa con media docena de gallinas. La casa se convirtió en un gallinero muy colorido. Menos mal que no piaban, porque la escandalera habría sido mayúscula.
Ruido no hacían, pero se movían como Pedro por su casa. En cuento habrías una puerta te encontrabas con una gallina. Le daba una patadita y volvía a su sitio, pero siempre había alguna en medio. …







