relato corto

La trenza

Alejandra C.

6-7-2017

Estaban las dos niñas sentadas a la puerta. Sus casas pegaban la una a la otra por un tabique. Eran casas bajas, muy pequeñas, adosadas con un pequeño patio detrás, en un barrio de los muchos que se habían construido en Madrid para dar alojamiento a toda la gente que había venido de los pueblos a trabajar en la gran ciudad. En muy poco tiempo se construyeron casas con una ínfima calidad pero con agua y con luz, una mejora considerable con relación a lo que tenían. Muchos venían de chabolas, otros de viviendas en alquiler con derecho a cocina, otros habían levantado una pequeña construcción en el solar que habían comprado con el poco dinero que sacaron de vender el mulo, el burro o lo poco que tuvieran cuando se vinieron del pueblo, construcciones que tiraron con la remodelación del barrio.

Las niñas estaban ahí sentadas. Tenían siete u ocho años. Casi iguales: delgaditas, muy menudas, con sus sencillos vestiditos. La única diferencia así, a primera vista, es que una tenía una larga y gruesa trenza que le colgaba por la espalda, y la otra dos trenzas que le caían a ambos lados de la cara, por detrás de la orejas.

¿De qué estarían hablando a la hora de la siesta que no se querían echar? Era verano y a esa hora de la tarde no había ni un alma por la calle.

Estaban tan ensimismadas en su conversación que no se dieron cuenta de que estaba a sus espaldas hasta que oyeron esa voz, gangosa, rota, desagradable.

– Vete a por vino, decía adelantando la botella vacía mientras se tambaleaba.

– No, dijo la niña al tiempo que negaba con la cabeza.

Su amiga la miró fijamente, perpleja ante lo que acababa de ver. Montones de veces la mandaba su padre a por vino y nunca se había negado.

– Te he dicho que vayas a por vino, le dijo rozándole el hombro con la botella.

– No, insistió ella.

La amiga desconcertada y asustada le daba golpecitos en el brazo y le decía muy bajito, “vamos, yo te acompaño, coge la botella y vamos”. La niña se mantenía con la cabeza baja sin decir nada.

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Increíble

Dolores del Paso

16-9-2016

 

Para ella todo era increíble. Sus zapatos louboutin o sus “manolos” (más cercanos). Su vestido rojo de Valentino, con el que dejó muertas a sus amigas. Y el azul de Dior que se puso en la boda de su amigo Jaime con aquella jovencilla que estaba claro a por lo que iba. Y su casa, ay, su casa. Fantástica. Porque además de increíble todo era fantástico, maravilloso, especiaaal. Y su casa era muy especiaal. Enooorme. Decorada por ella, por supuesto, con la ayuda de Paquito, el mejor decorador del mundo, claro. Le pagó una pasta por un trabajo en el que lo fundamental era su toque, tan personal. De las otras casas, la de los Alpes, y la de Marbella no se pudo dedicar tanto por falta de tiempo. Pero también tenían su toque.

Llevaba una vida increíble. Tenis, pilates, yoga-sauna (lo que hay que sufrir en esta vida, Señor), masajes (tailandés, coreano, con piedras calientes, con barro del mar Muerto, con aloe vera, sin aloe vera). Algún que otro retoque también tenía y no lo disimulaba mucho (porque no podía, la boca se la había ido un poco a la izquierda, pero sobre todo porque se había gastado una pasta y no era cuestión de que pasara desapercibido el cambio).

Sus hijas ya estaban encarriladas. Elenita se iba a casar con el hijo del Conde de Besatierra, un chico estupendo, sin mucha pela, pero para eso su marido era consejero de no sabía cuantas empresas (no es un decir, no tenía ni idea). Y Karina estaba más o menos comprometida con el heredero de esa financiera con nombre inglés (qué coñazo, nunca se acordaba de ese nombre largo y sinuoso, con lo fácil que es decir Financiera Pepe, o si se empeñan en complicarlo Financiera Estanislao).

No paraba en todo el día. La casa le ocupaba mucho tiempo. Tenía que dedicarle horas a explicar al servicio lo que tenían que hacer, uf, que poca imaginación tienen los empleados. Ella se tenía que ocupar de todo.

Y luego el gimnasio, el teatro, los caballos, qué ajetreo. Y eso que últimamente tenía más complicado lo del ocio. A sus amigas les había dado por diseñar de todo. Maruca diseñaba joyas, Lola cojines (jajaja, tiene cojones), Alejandra tenía su línea de cosmética (Alexa, cosmética nutricional, o algo así), Romina (tenía explicación el nombre, decía, el origen de su familia era italiano, su bisabuelo por parte de madre era de Taormina, vete tu a saber, y lo que a ella le importaba) diseñaba vestidos de fiesta, Julia ropa informal, María trajes de baño. La lista en esta sección era larga.

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