Fidel Castro

El fin del jesuitismo en Cuba

Ángela

13-2-2026

Estamos asistiendo a los últimos estertores del régimen castrista. Y el final está siendo apocalíptico. La supuesta revolución que se suponía iba a arreglar la vida de los trabajadores ha terminado con una situación dantesca para la mayoría de la población. Se salvan los dirigentes del partido. Ni siquiera sus adeptos se libran del hambre.

Me envía este wasap una amiga:

Mumi estamos bien, hoy fui a darle una vuelta a mi mamá y está bastante bien, lo que viene nadie sabe que será, nos imaginamos, hoy quedó suspendido el transporte público y las escuelas están prácticamente cerradas por falta de agua y alimentos, los hospitales sólo para urgencias, esto es de resistencia, Dios nos acompañe, besos”.

Los hijos de la revolución dejando en manos de Dios su supervivencia.

La situación es crítica. La población hace años que sobrevive gracias a los familiares que viven en el exilio. Los primeros años la “revolución” tuvo el apoyo de la población; se le prometía “al pueblo” mejores condiciones de vida, pero nunca lo lograron.

En un momento dado, el castrismo se da cuenta de que no puede mantener a la población ni siquiera en el mínimo de subsistencia y decide dejar salir a una parte de los cubanos para que puedan proporcionar a sus familiares lo suficiente para sobrevivir. Ese fue el motivo para que, después de años de perseguir, encarcelar, dejar morir en las balsas a los que intentaban huir de ese régimen brutal, de repente, los dejara marchar.

La ayuda de los familiares unida al envío por parte de Rusia y después de Venezuela de gas y petróleo, permitió mantenerse a la dictadura. La población no tenía nada, todo era propiedad del Estado, pero vivían.

Cuando Rusia dejó de abastecer a la isla, la crisis económica fue brutal. Llegó el petróleo de Venezuela y la cosa se alivió un poco. Ahora, con la crisis de Venezuela, se acabó. Tampoco México va a enviar petróleo a la isla. La inicua Sheinbaum tan valiente contra los españoles, se ha arrugado frente a Trump y no va a enviar ni un litro de petróleo. (Con los yanquis, que le robaron a México la mitad de su territorio, sumisión; a los españoles que convirtieron México en el centro económico del mundo, insultándolos doscientos años después).

Esta es la situación actual, pero la pobreza en Cuba viene de lejos. Desde el inicio de la “revolución”. Porque la revolución castrista nació para acabar con la clase media que es la que hace funcionar la economía. El partido ocupó el puesto de oligarquía y el resto de la población quedó en sus manos. El castrismo acabó con la propiedad privada, con la libertad de prensa, con la libertad de asociación, con la independencia judicial, con todo lo que signifique la libertad del individuo. El comunismo en acción. O quizás no era el comunismo. Más, bien, era el comunismo puesto en práctica por los jesuitas que llegaron a Cuba en el siglo XVI y en el siglo XVII pusieron en marcha las reducciones guaraníes que establecieron entre los actuales Brasil, Argentina y Paraguay.

Sobre las reducciones jesuitas generalmente se han escrito numerosos libros en los que aparecen los jesuitas como buena gente que tratan muy bien a los indios, que fundan comunidades muy bien organizadas en las que los indios no aprenden español, si no que los jesuitas aprenden guaraní como muestra de buena voluntad; les enseñan oficios, les enseñan música… en fin, el paraíso en la tierra. Se comparan con las utopías como las de Tomás Moro, y se refieren a las misiones como al paraíso perdido, o a la república comunista cristiana de los guaraníes. Paul Lafargue, yerno de Marx, consideraba las reducciones guaraníes como el primer estado socialista de la Historia.

Pero no todo era paradisíaco en las misiones jesuíticas. Algunos de los que conocieron estas comunidades no hablaban de ellos tantas maravillas. De hecho en alguno de esos escritos de la época podemos leer: “los jesuitas tratan a los indios peor que a esclavos”.

Los que dirigían las comunidades eran los jesuitas. Los indios ejecutaban las órdenes y realizaban todas las labores. Los indios cultivaban la tierra, cuidaban el ganado, trabajaban el cuero, su principal fuente de ingresos, que exportaban a España; trabajaban en las minas; construían las casas; todo lo hacían ellos. A cambio de un pequeño salario, el resto lo controlaban los jesuitas, se suponía que para repartir en la comunidad, y en algunos casos así era, pero en otros casos los jesuitas se quedaban con las ganancias de las ventas de cueros; en más de una ocasión fueron juzgados por quedarse con el oro de los indios. Los jesuitas llegaron a tener un gran poder económico.

Los jesuitas tenían prohibido a los indios relacionarse con los españoles, por eso no les enseñaban el idioma. Así, los únicos interlocutores con la Corona eran los jesuitas. Los indios que vivían en su zona de influencia no tenían ningún contacto con los españoles; aunque hubieran querido no habrían podido comerciar con ellos. Los indios eran carne de cañón cuando los jesuitas tenían enfrentamiento con españoles y portugueses; y muchas veces los dejaron abandonados en manos de los portugueses que los vendían como esclavos.

Los jesuitas fueron expulsados en 1762 y cuando volvieron en 1854, sus intereses habían cambiado; ya no se dedicaron a las pobres comunidades indígenas. En su retorno se dedicaron a la enseñanza en sus colegios fundados en las ciudades, dirigidos a la población blanca y bien acomodada. Como la familia de Fidel Castro. De familia muy acomodada, fue educado por ellos desde la niñez en los …

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Carta a los dictadores cubanos

Alberto Reyes Pías

Hace más de cuarenta años de la publicación de la Carta a Fidel Castro de Fernando Arrabal en la que el escritor denunciaba la situación en que la dictadura mantenía al pueblo cubano. Cuarenta años han pasado de la carta y casi setenta de la toma del poder por Fidel Castro y sus secuaces, y ahí sigue todavía, muerto Fidel, la dictadura cubana con su maquinaria criminal funcionando al máximo y los ciudadanos cubanos sufriendo cada día más penalidades. En el transcurso de estos años siempre ha habido gente dispuesta a enfrentarse a la dictadura, con muy poco resultado hasta el momento, pero aun así muchos ciudadanos no se conforman con esta dictadura brutal que no sólo no ha mejorado la vida de los trabajadores, sino que la ha empeorado hasta el punto en que la mayoría de la población se encuentra prácticamente en la miseria.

Una de estas voces contra la dictadura es la de Alberto Reyes Pías, sacerdote diocesano (no perteneciente a ninguna congregación; vamos, que no es jesuita) párroco de Esmeralda de la Archidiócesis de Camagüey. Su denuncia contra las condiciones de vida en Cuba, contra la represión del gobierno es constante, y por ello es perseguido por el gobierno. Pero no ceja en su denuncia a través de su podcast “He estado pensando…”,

Alberto Reyes ha escrito otra carta, cuarenta años después de la de Arrabal, a los dictadores cubanos, a la Cúpula Dictatorial Castrista, como bien la definen en la página La Tijera donde fue publicada el 7 de octubre de 2024:

«He estado pensando en qué decir a los que gobiernan mi país. Mucha gente ha pedido a nuestros gobernantes que hagan algo por sacar a Cuba de la crisis generalizada en la que se encuentra. Yo sigo pensando que soy una voz en el desierto, pero soy una voz, y desde este desierto donde parece que nadie escucha, quiero también hoy dirigir mi voz a los que gobiernan esta isla.

No puedo predecir cómo se interpretarán mis palabras, pero quiero decirlas con total serenidad. Mis palabras no son un grito de violencia, no son un desahogo agresivo. Son simplemente la expresión de mi sentir más sereno y más hondo, y desde allí quiero decir sólo esto: Váyanse, por favor, váyanse.

Ustedes no van a reflotar este país, ustedes no van a remediar la falta de combustible, ni la precariedad de las termoeléctricas, ni van a devolvernos una vida sin apagones continuados.

Ustedes no van a solucionar el hambre de este pueblo, ni van a lograr que los días dejen de ser una lucha continua por la supervivencia. Ustedes no van a resolver el problema monetario, ni la inflación, ni la vida miserable de la gente.

Ustedes no van a garantizar nunca la salud de la población, ni el acceso a los medicamentos necesarios. Ustedes no son capaces de impedir el deterioro de los enfermos crónicos, ni las muertes por la escasez de insumos básicos.

Ustedes no pueden reparar el daño educacional de esta tierra, el deterioro del sistema educativo, la falta de maestros competentes, y en muchos casos ni siquiera la falta de maestros.

Ustedes no son capaces de frenar la emigración galopante e imparable de este pueblo, no pueden evitar que Cuba siga siendo una isla en fuga, que deja tras de sí la pérdida de sus jóvenes y el envejecimiento del país, rupturas familiares con heridas que no sanarán nunca, la soledad de padres y abuelos, la pérdida de aquellos que hubieran podido construir aquí un país próspero.

Ustedes ya no serán nunca el signo de la esperanza, del porvenir deseable, de la ilusión que lleva a entregar la vida.

Y no pueden, porque ya no tienen un proyecto de nación. Anclados en el control del poder, han convertido a esta isla en un barco sin rumbo, donde ya nadie sabe a dónde va, donde la vida es cada vez más incierta, donde todo se apaga y se muere.

Por eso, por favor, váyanse, tomen todo lo que quieran y abandonen este país para siempre.

Y háganlo antes de que, de algún modo, las cosas cambien y puedan ser juzgados, acusados de crímenes de lesa humanidad, porque lo que han hecho y están haciendo con este pueblo es un genocidio silente.

Váyanse, antes de que este pueblo llegue al final de su aguante y se levante con furia incontenible, y consume el final de este sistema arrasando a sangre y fuego todo lo que encuentre a su paso.

Porque cada día sin luz, sin agua, sin comida, cada día con los alimentos de los hijos echados a perder, con la escasez omnipresente y las ansias de libertad rotas, son un llamado que ustedes hacen a la violencia más ciega y desmedida.

Se los suplico, váyanse. Vivan donde quieran y puedan hacerlo, para que también nosotros podamos vivir».

Alberto Reyes Pía, sacerdote.

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