Amy Winehouse

Estaba dormitando en el sofá con el sonido de fondo de uno de esos programas de vídeos musicales en general anodinos porque todas las canciones parecen la misma, cuando entre sueños oigo esta voz profunda, cargada de vete a saber qué, nada bueno, desde luego, según decía la letra de la canción, Rehab. El video acompañaba perfectamente a letra y música, con la imagen de esta mujer joven con aspecto de madura. Un conjunto impactante. Se convirtió en un gran éxito, yo creo que muy merecido. Por desgracia, su aspecto no era una pose comercial; es que era así y por eso terminó tan mal. Una voz espléndida y magnética. Otra de mis favoritas. (Ángela, 25-5-2017)
Rehab
They tried to make me go to rehab
I said, no, no, no
Yes, I been black
But when I come back, you’ll know, know, know
I ain’t got the time
And if my daddy thinks I’m fine
He’s tried to make me go to rehab …

Sin que el siglo haya podido ponerse de acuerdo sobre la definición de la cosa, la cosa ha muerto. Su reinado ha sido efímero y terrenalmente glorioso, es decir muy próximo al espejismo. A lo largo de más de cien años de barricadas y de tinta roja y negra se discutió cuál fuere la naturaleza del intelectual, cuál su función social y cuánto el peso de su proclividad a las traiciones de derecha y de izquierda. Tras más de dos siglos de militancia activa el intelectual rampante exhibe con sus harapos lo único que hay de verdad en la bodega de Darwin: la adaptación de los desalmados y la capacidad de los mediocres de mala intención para triunfar sobre especies más antiguas, a condición de no tener un estómago demasiado escrupuloso. En la trastienda de la historia, en el territorio de los fósiles que un día serán rescatados del hambre y del insomnio, permanecen las víctimas de tan bárbara fagocitación: los poetas de la alucinación clarividente, los creadores de sinfonías para orquestas inexistentes, los pintores que jamás entregaron a tiempo un cuadro porque una vida es poco para entender el secreto y la antigüedad de los colores, los periodistas que jamás comentaron una mala noticia, los cronistas que nunca salieron de su casa, los revolucionarios que no quieren cambiar el mundo y los maestros que no aspiran a ganar concursos. El intelectual triunfante ha devorado al intelectual rebelde, en un empeño por demostrar que efectivamente el pez grande se come al chico, que el rico epulón jamás se levantará de la esa mesa para ceder su puesto al mendigo y que se permite la existencia de los violinistas, de suelas de zapato gastadas y de cuello de camisa raído, para que diviertan a los comensales de los salones reservados. El arte fino al servicio de la glotonería. Esa es la verdadera muerte del Arte porque tal fue su naturaleza. Al intelectual exquisito se le reservó el privilegio de erigirse en conciencia de lo inerte y de lo nebuloso, de las sociedades que avanzaban en la historia con su sopor darwiniano. Si estaba llamado a destronar a Dios, lo menos que debía hacer era atiborrarse de soberbia: el único alimento que engorda a la vez el cuerpo y el alma. Es cierto que nadie le regaló tan privilegiada situación, sino que la consiguió a riesgo de perder el cuello en la guillotina a manos no de sus enemigos de clase, sino de sus camaradas, pues es preciso adelantarse a decir que el martirologio de los intelectuales es asunto de familia. La recompensa de la gloria y el poder vendría en seguida.


























